'Años felices', de Gonzalo Torné

TORNÉ, Gonzalo. Años felices. Anagrama (Col. Narrativas hispánicas), Barcelona, 2017.
Años felices es una novela magistral de trescientas sesenta páginas y, como su predecesora: Hilos de sangre, posee información valiosa (a veces sutil, otras en clave) que el lector ha de asimilar si no desea perderse entre la trama y la urdimbre. Para quienes no conocen la obra narrativa de Gonzalo Torné, hago un breve recorrido: antes de Años felices (obra que representa la segunda novela de una trilogía), el novelista barcelonés escribió una serie de relatos reunidos en un libro titulado: Lo inhóspito (Elipsis, 2007; Debolsillo, 2008); le seguiría Hilos de sangre (Mondadori, 2010), la novela que abre la saga de los Montsalvatges. A modo de spin off de ésta, la novela Divorcio en el aire (Mondadori, 2012) recuperaría al que fuera el marido de Clara Montsalvatges, Joan-Marc, y nos relataría su vida (y la de su primera mujer, Helen). A estas tres novelas viene a unirse Años felices (Anagrama, 2017), pero aún existe una más: Nadie debería irse a dormir (Mondadori, 2015), una novela negra, nada desdeñable, que el autor publicó bajo el pseudónimo de Álvaro Abad.
Años felices nos presenta a Alfred Montsalvatges —del que, recordamos, se hicieron cargo sus hermanos Gabriel y Jonás al empezar la guerra civil española (Hilos de sangre, p. 362)—. Ahora, veinte años después, solo, en Nueva York, el menor de los Montsalvatges de segunda generación (el «hijo del confitero fascista»; Años felices, p. 272) nos muestra su vida en la gran ciudad, en los años «dorados» que fueron los 50 y 60 estadounidenses. Con una estructura idéntica a Hilos de sangre —repartida la narración en cinco partes y una voz narrativa principal que recae esta vez en Álvaro Montsalvatges y en un personaje que no se nos desvelará hasta la parte cuarta—, Años felices toma distancia, aunque no olvida, la España franquista (concretamente, la Barcelona de aquella época) y se instala en los Estados Unidos, en Nueva York, con su propia política (que, no obstante, será más sugerida que mostrada). 
Cada capítulo posee figuras y lugares con un valor simbólico concreto, diversas alusiones históricas y, sobre todo, literarias, un vocabulario erudito y muchas cosas más. Por ello, al igual que hiciéramos en la reseña de Hilos de sangre, advertimos al lector acerca del tipo de texto a que se enfrenta: 
1. Si no leyó la primera novela de la saga (que siempre está a tiempo de leer) y tampoco tiene por costumbre prestar demasiada atención a los detalles, sin contar con que su capacidad memorística es prácticamente nula, anote cuanto pueda: localizaciones geográficas (Nueva York, Riverside, St., Manhattan, Chicago, Venecia, Gramercy, Cap Cod...); tipos de escenarios (río Hudson, Tom’s Pickle, mansión de los Osborn, comedor social, segunda peor casa, la Séptima Avenida, la 152...); nombres de personajes (Harry, Kevin, Yetta, Hart, Claire, Alfred, Jean, Oliver, los Osborn, las Rosenbloom, los Krollman...) y procure averiguar la relación entre unos y otros, así como la época en que se enmarcan y la dirección hacia la que ello apunta para dotarlos de mayor sentido.
2. Si ve que su formación filosófica, artística y especialmente literaria (y lingüística) no es tan amplia como creía, manténgase conectado a la Red o hágase con una enciclopedia y un diccionario (de éstos, mejor varios y al menos uno de traducción del catalán) porque tendrá que consultar cosas tales como: quién fue Grünewald (o Mathias Gothardt Neithartdt, fue un pintor renacentista alemán. Pintó principalmente obras religiosas, especialmente escenas de crucifixión sombrías y llenas de dolor); qué significa la expresión catalana maldestres (persona desmañada, torpe: vamos, un desastre); o la mucho más extendida lletraferit (letraherido: persona aficionada a las letras o a la lectura); qué son las sillas Chippendale (resulta que Thomas Chippendale fue un ebanista inglés, creador de un estilo de muebles de lujo que alcanzó gran difusión y que se consideró típicamente inglés. Las patas eran curvas. Presentaba caladas y rejillas. Recibe la influencia del estilo rococó); o qué clase de aves son los humingbirds (nada menos que colibríes, también conocidos como picaflores, zumbadores, pájaros mosca o ermitaños, una clase de aves apodiformes endémicas de América que cuenta con más de 300 especies);...
3. Si no ha leído aún La conquista del aire (1998), de Gopegui; Augie March (1953), de Bellow; las novelas de Philip Roth cuyo narrador es Nathan Zuckerman (1979-2000) y también su Letting Go (1962); e incluso Los hijos del Arbat (1966), de Ribakov, o La casa del mirador ciego (2013), de Wassmo… todo lo que acontece en Años felices será nuevo para usted y eso tiene su encanto pero también puede provocarle una cierta e inquietante sensación de estar perdiéndose algo: hágase un favor, léalas antes de que su vista se lo impida, descubra una parte de la literatura actual que abarca géneros literarios cuya lectura le hará estremecer.

Imagen de cubierta: Años felices, de Gonzalo Torné
1. AMOR EN GRUPO (pp. 11-136)
2. LA VIDA DEL ESPÍRITU (pp. 137-166)
3. SOMBRAS PERSIGUIENDO SOMBRAS (pp. 167-289)
4. EL LIBRO DE LA NOCHE (pp. 291-307)
5. LEALTADES Y DESLEALTADES (pp. 309-360)
La novela transcurre en dos tiempos: por un lado, el viaje de regreso al pasado de Alfred Montsalvatges —a través de los testimonios de algunos personajes recogidos por Álvaro Montsalvatges, que actualmente vive en Chicago, con su esposa Laia y sus dos hijas—; por otro, el testimonio de los descendientes: centrado, a medias, en la misma época «dorada» —que incluye, también, algunos retazos de una anterior: la que se refiere a la vida de Alfred en Barcelona— y, a medias, en la actualidad. La voz narrativa de Álvaro (que se dirige a una misteriosa interlocutora, sólo desvelada hacia el final del libro, en la parte cuarta) nos ilustra acerca de las vivencias de su tío abuelo en Nueva York, desde su llegada a la Gran Ciudad, hasta su muerte, abarcando éstas, respectivamente, las políticas de Eisenhower, Kennedy, Johnson y Nixon (es decir, los veinte años que van de la bipolarización de la política mundial con centros en Washington y Moscú, teniendo como campos de batalla a Europa, Asia-Pacífico, Oriente Medio, Centro y Sudamérica, y África Mediterránea y Subsahariana) a la política actual; no obstante, todo ello le llega al lector como un eco lejano. No es de extrañar; el propio narrador, a través de Alfred, nos lo explica: 
«pero en lugar de oír los nombres respetados de siempre escuchó “Vietnam”, “Kissinger”[1], “napalm”[2]. Al desentenderse de la política de su país doble había ido incrementando su confianza en la bondad de los Estados Unidos. ¿Qué orientación política se exigía en el país de las hadas? ¿No atravesaban años dorados?» (p. 263)
[1] Henry Alfred Kissinger, nacido Heinz Alfred Kissinger, político germano-estadounidense de origen judío que tuvo una gran influencia sobre la política internacional de Estados Unidos.
[2] El napalm es un combustible que produce una combustión más duradera que la de la gasolina simple. Esta característica ha hecho que sea utilizado por algunos ejércitos en varias guerras. Su nombre procede del acrónimo de ácido nafténico y ácido palmítico con los que se fabrica.
Nos colocamos entre una fecha inexacta y abril de 2016, para situarnos en la actualidad que se nos narra en la parte cuarta de Años felices. Pasamos de los middleyears al siglo XXI; desde que Claire Rosenbloom (por cierto, se llama casi exactamente igual que la mujer de Philip Roth, Claire Bloom) y su hermana Jean navegan el Hudson con sus amigos, hasta el momento en que la misteriosa interlocutora de Álvaro Montsalvatges se  despide de él. Años felices supone la consagración del novelista barcelonés como escritor de talla y es, a su vez, un valioso espejo temporal en el que se refleja una visión idealista e inconsciente del mundo, así como la más cruda y realista del alma humana.
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¿Recuerdan los dos primeros versos de T.S. Eliot que aparecen en la sección primera del libro?: «¿cuáles son las raíces que arraigan/ qué ramas crecen entre los desperdicios líticos?» (p. 51)  —corresponden al 19 y 20, respectivamente, de la primera sección—. El poema The Waste Land (Tierra baldía o Tierra yerma, 1922), de T.S. Eliot. Se estructura en cinco partes: The Burial of the Dead (El entierro de los muertos), A Game of Chess (Una partida de ajedrez), The Fire Sermon (El sermón del fuego), Death by Water (Muerte por agua) y What the Thunder Said (Lo que dijo el trueno).
En época de Eliot (1888-1965) Inglaterra tenía dos millones de desempleados y Europa no es que estuviera en su mejor momento, pero otros hechos habían afectado las vidas cotidianas. La publicación de The Waste Land causó de inmediato una revolución poética paralela en importancia a la producida por el surrealismo. Dividido en cinco partes y 433 versos, fue originalmente el doble de extenso. Ezra Pound le redujo a su dimensión actual. A él está dedicado, usando unas palabras de Arnaut Daniel. Fue publicado, sin notas, poco antes de que Eliot cumpliera los treinta y cinco años. Sustituyendo el modo narrativo por un procedimiento cinematográfico, Eliot hizo en The Waste Land una síntesis del helado mundo contemporáneo; una visión de Europa y en particular de Londres, «el punto culminante de su visión infernal» según  Northrop  Frye (T.S. Eliot, 1963, pg.,93). Pero es además, expresión de una nostalgia del orden universal que había aprendido en sus lecturas sobre la historia romana y en especial, en esa apariencia de cielo e infierno que es la Divina Comedia.
En The Waste Land Eliot ha invertido los significados de los mitos de la vegetación. Quienes habitan la tierra baldía, como en Pedro Páramo, temen volver a la vida. El sexo y la ausencia de fe les ha anulado el deseo de revivir. Nacer de nuevo, regenerarse, es un cruel proceso. Así comienza The Burial of the Dead, primera parte del poema: la muerte total, para la mayoría, es preferible al dolor de renacer desde la confusión que el deseo y la memoria deparan.
En A Game of Chess el sexo es el germen de la muerte; la vida, como sexo, es esterilidad. Un tocador nos recibe con una aparente riqueza que recuerda los salones de tocado de Cleopatra. Pero no. Es sólo la habitación de una joven frívola, rica, aburrida y neurótica que ha encontrado en los cosméticos la fantasía necesaria para ganar un gran amor. En la pared cuelga una reproducción de la metamorfosis de Filomela, como símbolo de la reducción de la mujer a una mercancía. Filomela, hermana de Prókne, hijas de Pandión, rey de Atenas, había sido violada por su cuñado Tereo, rey de Tracia, quien le corta la lengua para que no le delate. Pero Filomela teje su desgracia en una túnica e informa a Prókne, quien decide con aquella asesinar a su hijo y ofrecerlo a Tereo como cena. Descubiertas, Tereo quiere castigarles, pero los Dioses les transforman en pájaros. Filomela será ruiseñor, Prókne golondrina y Tereo abubilla. La mujer de los años veinte, aunque violada, no logra convertirse en Filomela. En este boudoir la mujer está «encantada» por  los  marchitos muñones del tiempo, por formas fantasmales que se asoman al cuarto cerrado, por pasos que se arrastran en la escalera mientras ella busca, en una vacua conversación, que es un solo, un calmante a sus oscuros temores. Nada le satisface, ni siquiera la música de jazz. Piensa —dice ella— y él responde:
Creo que estamos en un callejón de ratas
Donde los muertos perdieron sus huesos
Es con esta dama de corazones que hablamos de adulterio y abortos. El juego de ajedrez que practica la mujer moderna es su ruina; el poder mítico de su vagina está atrofiado por los estériles momentos de gratificación que le ofrece la satisfacción de un apetito que no puede ser saciado sólo con la carne; el «amor», así entendido, es vaciedad. Y el mesero entonces repite: Apuren por favor es hora de cerrar. La joven del bar, como la del boudoir, bebe las horas, los días y los años en vano.
Y estos últimos versos que forman parte de la sección segunda del poema de Eliot (que se compone, como dijimos más arriba, de cinco, en total) nos acercan, a su vez, al mito de Tereo y Filomela, recogido por Ovidio en sus Metamorfosis.
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La saga de los Montsalvatges posee un nutrido elenco de personajes procedentes de estratos económicos, políticos y sociales muy diferentes y con una formación cultural muy heterogénea. De su propensión a formar vínculos familiares parecen escapar solamente aquellos personajes de condición homosexual o con una visión mística de la vida.
Como sabemos, los convencionalismos (sociales, éticos y morales) se basan en un deseo expreso de mantener ciertas mentalidades y conductas en un mundo donde, aparte de la ideología personal, las apariencias lo son todo. En relación con la obra narrativa de Gonzalo Torné, advertimos en las tres novelas que componen la saga de los Montsalvatges la existencia de una serie de personajes cuyos convencionalismos no dejan claro si se trata de una crítica social por parte del autor, o de una actitud afín hacia ellos por parte del mismo. Me refiero, por ejemplo, a la inexistencia, omisión u ocultamiento de una familia formada por una pareja de hecho, con o sin hijos, al enlace civil, a una soltería premeditada en la maternidad (e incluso a la soltería en sí misma), escogidas libremente por personajes femeninos no marcados por un desastre vital ni condicionados por una inclinación sexual dada, sin que se necesite, en ningún caso, de justificación alguna para tomar dichas decisiones.
Por supuesto, he reparado en los más claros exponentes femeninos de libertad, individualidad, independencia económica y autonomía (y en sus homólogos masculinos), retratados en la obra: en Hilos de sangre (que se desarrolla en Cataluña, entre los siglos XX y XXI) encontramos a Amanda Montsalvatges (Barcelona, Reportera gráfica) que, por el momento, es el único personaje principal femenino, joven, sano, fuerte, guapo, independiente económicamente, y con formación cultural que escoge la soltería voluntariamente y no tener hijos (y ello no implica, o no debería implicar, que existe ningún desastre vital ni causa mayor que se lo impida, sino simplemente una decisión tomada libremente sin que a ese personaje le suceda algo que le nuble la razón. Luego está Ana Selma* (Barcelona, trabajaba en la Universidad de Basilea) que se casó, tuvo hijos, se separó de su marido y ahora vive con Clara en el piso de ésta (sospechamos que comparten gastos y que cada una trabaja por su cuenta ¿o Clara la mantiene?) Clara Montsalvatges* (Barcelona, Enfermera): se casa, se divorcia y no tiene hijos (no parece que contemplase la soltería en modo alguno, pero se presta a la convivencia como pareja de hecho con Joan-Marc —¿o aún son un matrimonio?—. Gabriel Montsalvatges* (Barcelona, Varios empleos y oscuros asuntos): se casa —¿o son pareja de hecho o matrimonio civil (¿en el franquismo?)?— con Rosa, una mujer que es ya madre de una niña, y que no ha sido jamás independiente económicamente. Sagrario (Barcelona, Cocinera): es económicamente independiente y vive sola hasta que Rosa Solís le pide que se vaya a vivir con ella al fallecer su marido (aparentemente no está viuda ni tiene hijos, aunque nada sabemos de su vida pasada, salvo que hubo en ella un misterioso asesinato cuya víctima era un hombre —¿de su familia? ¿su marido? ¿un hijo?—). Sarah Stallknecht* (Inglaterra-Cataluña, Literatura inglesa y Decoración de interiores): heredera de una modesta fortuna (modesta porque si fuese grande, se habría marchado a un sitio mejor), casada con Tom J. Stallknecht, un inglés con ínfulas de negociante (siendo no más que un inepto). Ella tiene amantes y no sabemos si la pareja tiene hijos. Victoria/Vicky Dolç* (Barcelona, Enfermera): está casada (—¿por lo civil?—). Sin hijos. Laia* (Chicago; Con formación): vive con Álvaro Montsalvatges (no sabemos si está casada con él o son pareja de hecho). Tienen dos niñas.
Si nos trasladamos a Estados Unidos, Años felices (Nueva York, siglos XX y XXI) encontramos a Alfred Montsalvatges* (Nueva York, Varios empleos): casado y sin hijos. Claire Rosenbloom* (Nueva York, Graduada en “algo”): viuda, casada por 2.ª vez y con una hija. Robert Osborn III/Harry** (Riverside, Heredero de una inmensa fortuna proveniente de la explotación de campos de algodón): es el único personaje principal masculino, junto a William, que escoge la soltería voluntariamente. Sin hijos. Jean Rosenbloom** (Nueva York, siglo XX; Enfermera): soltera, a su pesar, pues ama a Alfred y a Jesús (el mesías cristiano). De haber podido elegir, se habría convertido en la perfecta ama de casa con hijos. Opta por el aborto y el celibato. Kitty Pride** (Gramercy, Filóloga clásica): decide libre y voluntariamente no casarse ni tener hijos. Susan no vive con ella (por eso coge un taxi para verla), luego no son tampoco pareja de hecho.
[*] Pasan antes por un enlace matrimonial y su independencia económica es intermitente o procede de una herencia o el trabajo de otro (con lo cual la persona o está mantenida, o es independiente económicamente pero sin trabajar).
[**] La hija de Claire Rosenbloom, Kitty Pride (Años felices, p. 295), es homosexual y no está casada ni tiene hijos, lo mismo que Harry (se acepta sin justificación y, lógicamente, no se cuestiona). La hermana mística de Claire, Jean Rosenbloom, es una mujer independiente económicamente, que rechaza el matrimonio (aunque inicialmente entraba en sus planes casarse, porque, abnegada y altruista, «creía en Jesús») y no aspira a otra cosa que a «un corazón que latiese limpio» (Años felices, p. 325). Y todo el mundo lo acepta, porque es una mística. Tampoco se cuestiona…
Los casos femeninos heterosexuales (y no místicos, quizá agnósticos o ateos) no tienen, sin embargo, tanta suerte como los homosexuales y los místicos. Claire, una mujer joven, sana, guapa, inteligente y con formación, ha de ser una virgen temerosa de que la dañen para elegir la soltería voluntariamente (pero sólo hasta que «el príncipe» la desposa), y Alfred Montsalvatges, que es también joven, guapo, inteligente, con formación e independiente económicamente (no olvidemos que, además, es antifranquista) parece que lo de casarse por lo civil o ser pareja de hecho no vaya con él.
¿Por qué todos parecen religiosos?¿Por qué no se habla abiertamente de los enlaces civiles? ¿Hay enlaces no religiosos? ¿No es la «súbita boda» de Alfred y Claire (Años felices, p. 170) un enlace religioso? ¿Por qué recalcar que Jean «con éste tampoco se casó» (Id., p. 325) en vez de dejarlo en «cuando regresó (por segunda o tercera vez) lo hizo sin hijo y sin compañero» (Id., p. 325) ¿Por qué Clotilde Harrington, que convenientemente es viuda («se había casado con un odontólogo»; Id., p. 198), necesita justificarse: «estaba casada, pero mi entorno era muy liberal» (Id., p. 200)? ¿Y por qué William Mollendofer puede ser un anciano soltero, sin necesidad de ser viudo, y las protagonistas femeninas no, salvo que sean homosexuales, místicas o posean una causa razonable?
Uno podría pensar que la época retratada y el marco histórico en que se inscriben las novelas Hilos de sangre y Años felices se presta, de algún modo, a ello. Pero, con tanto salto temporal y con un elenco de personajes tan nutrido, cuesta entender por qué (en el caso femenino) ninguna mujer joven, sana, atractiva, lúcida, heterosexual, atea e independiente económicamente, escoge libre y voluntariamente la soltería o una (premeditada) maternidad en soltería. Todos los personajes independientes, jóvenes, ateos, inteligentes y guapos de esta saga deben, necesariamente, ver afectadas o alteradas sus vidas, de algún modo (fealdad, deformidad, esterilidad, misticismo, virginidad, el descubrimiento tardío —por parte del lector— de la inclinación sexual de alguno de ellos…) en el transcurso de la trama, para elegir la soltería, la convivencia como pareja de hecho o un enlace por lo civil que no dé reparo presentar, del mismo modo que se presentan los enlaces religiosos. ¿Podría parecer inverosímil de darse un caso semejante, nadie lo creería? ¿Es demasiado atrevido, transgresor, para los habitantes del siglo XXI?
Espero que la novela que cierra la trilogía, y continúa esta interesante y magistral saga, cuyas tramas, personajes y acontecimientos son, a mi juicio, sublimes nos siga sorprendiendo con sus personajes (sobre todo los femeninos).
TORNÉ, Gonzalo. Años felices. Anagrama 
(Col. Narrativas hispánicas), Barcelona, 2017.