PhotomaTime


Con las piernas cruzadas, recostado sobre la cama, con un cojín a la altura de la nuca cuya funda combinaba con el color avellana de sus ojos, Hugo arrastraba, con suave ademán, la yema de su pulgar sobre la pantalla de la tableta. Pasaba con rapidez las imágenes en busca de la apropiada, la que habría de servirle como perfil cuando se abriera la cuenta de Wattpad en la que colgaría su primer relato. Nada, ni en la tableta ni en el móvil encontró una que le gustara lo suficiente para subirla.
Levantó la mirada y la detuvo sobre el espejo. La imagen reflejada mostraba sobre su cabeza un tablón con varias fotografías en las que aparecía bien haciendo distintas muecas, en compañía de amigos, bien solo, con gesto de "pase lo que pase, no pienso sonreír". Un posit situado en el borde inferior del tablón, medio despegado, apenas sujeto por una chincheta, atrajo su atención. Hacía mucho que no reparaba en él. No era su letra, lo había encontrado medio mojado en la calle una noche al volver con el resto de la pandilla de un concierto en Rensselaer. Tras buscarlo en la red y no hallar al autor, lo colocó ahí como buenamente pudo, teniendo en cuenta las penosas condiciones en que se encontraba no sólo el papel, también él. A Ruth le parecía que la letra era bonita. Decía que quien lo hubiera escrito le había metido muchas horas a mejorar su caligrafía. Ruth era así, una persona observadora, analítica. Siempre trataba de encontrar una explicación a las cosas. Leyó la cita:
Nada es felicidad si no se comparte con otra persona, y nada es verdadera tristeza si no se sufre completamente solo.
Es verdad —pensó—, la letra es bonita. Se incorporó y tomó varias fotos con la cámara de la tableta a todo el tablón. Recortó una hasta dejar a la vista sólo la parte que le interesaba. Una de las fotos en que aparecía con un poco de barba. Parecía algo más mayor con ella, no mucho, teniendo en cuenta su pueril fisonomía adolescente. La imagen del tablón, mal recortada, formaba parte de una serie de fotogramas sacados en un fotomatón la tarde que fue con su ex a la filmoteca, a ver A Matter Of Life And Death, de Michael Powell. Habían pasado tres meses desde aquella cita. El resto de fotogramas los había tirado. No quería saber nada más de la persona que salía en ellos, junto a él, sonriendo de esa forma superficial con la que suele hacerlo la gente que lo ha tenido todo, que no ha perdido nada.
Descolgó la foto y la observó durante unos instantes. De pronto, se le ocurrió que quizá aún resistiría alguna de esas cabinas en el centro de la ciudad. Llamaría a Ruth cuando estuviera allí y se harían una serie que luego él colgaría en el tablón sustituyendo a la otra. Se calzó y salió al pasillo. Tropezó con su padre que acababa de llegar del trabajo. Saludó y se puso la cazadora.
— ¿Marchas?
— Sí, papá. He quedado. Vuelvo ahora.
— Bueno, pues compra el pan.
—¡Jo, papá...!
— Toma, no creo que lo hayan subido.
— ¿Me lo das justo? No, no me lo des justo, en serio; si no, no voy.
— Bueno..., mira que eres acomplejado...
— ¿Acomplejado? ¿Qué pasa si lo han subido, no lo has pensado?
— Anda, toma. Trae la vuelta... y, Hugo, nada de tabaco.
— Sí, papá... ¡Gracias! (Me había dado para comprar un par de cigarros sueltos).
Papá siempre me decía lo mismo cuando me daba de más. Lo hacía consciente de que guardaba en el bolsillo de mi cazadora una cajetilla. No sólo le habían advertido algunos vecinos de que su hijo fumaba —se habían cruzado con nosotros en más de una ocasión—, también el encendedor me había delatado ya muchas veces y su olor impregnado en la ropa. Pero él no me regañaba. Sólo me advertía, como previniéndome. Lo hacía con esa sonrisa franca, segura de sí misma, la que sólo poseen quienes saben más de lo que callan.
— No vengas tarde.
— No, papá. A la una ya estoy aquí.
— Muy bien. ¡Ah, y tira la basura!
— ¡Pero, ¿qué dices, papá? Es pronto. Eso es por la tarde!
— Ja, ja, ja. Sí, lo sé, lo sé.
— ¡Jo, papá, siempre te ríes de mí...!
Mi padre rió más fuerte todavía y continuó pelando las patatas; mientras, en el fuego, se calentaba una olla de agua a la mitad de su capacidad.
Guardé el dinero en la cartera. La metí al bolsillo y salí al rellano. Cerré la puerta tras de mí y bajé las escaleras como si me fueran persiguiendo. Al llegar a la calle, me puse la capucha. Aún lloviznaba. Los bajos de mis vaqueros arrastraban un poco, pero me dio igual. Ya se secarán —pensé—. Me resguardé lo mejor que pude de la lluvia y dirigí mis pasos hacia el Pasaje de Hilerian. Al otro lado del túnel había una cabina, estaba seguro de haberla visto al pasar con el coche, cuando papá y yo volvimos de Grafton, de visitar a tía Louise el mes pasado. Sí, estaba seguro.
*****
Bajo la lluvia, busqué en la agenda del móvil el número de Ruth. La melodía de roar, de Katy Perry, me dio la bienvenida: I used to bite my tongue and hold my breath / Scared to rock the boat and make a mess... Sonó apenas unos segundos. Ruth contestó enseguida al otro lado de la línea.
— ¡Hola, Hugh! ¿Qué haces? ¿Estás en casa?
—¡Eeh, nope!
— ¿Y dónde estás, qué es eso que suena, estás en la calle?
— Sí, he bajado al centro. Me voy a hacer unas fotos. Estoy en las estaciones, me las voy a sacar en una cabina de fotomatón.
— ¡Qué dices, Hugh! ¿No has visto la que está cayendo?
— Bueno, si no quieres salir, tampoco pasa nada...
— Mmm... Ok. Estás loco... ¡Nos vemos en quince minutos!
Colgó. La escribí un mensaje. Plop. Plop. Clic. Clic. Nada en particular, esas cosas, en fin, nuestras cosas. Guardé el móvil.
Una única fotomatón había sobrevivido al tiempo en el centro de la ciudad. Se hallaba, en efecto, al otro lado del Pasaje de Hilerian, cerca de la estación de tren. Pero en una zona más discreta, menos transitada. Me informó de ello una mujer que, al parecer, vivía en las inmediaciones. Al verme merodeando por el lugar, se acercó a mí y conversamos durante un par de minutos. La cabina ya no se encontraba en un lateral de la entrada sur, nada más pasar el túnel, porque había sido objeto de robo en varias ocasiones. Los rateros intentaban romper la cerradura de la puerta que almacenaba el dinero, ocasionando destrozos que impedían el paso a los viandantes: la cortina tirada, orines, el sillín pasado de rosca y sacado a la calle... Ahora, para dar con ella había que cruzar al otro lado de la calle y subir las escaleras que daban a la Rampa de Berlin: un lugar inhóspito que nadie visitaba ya y en el que ni un alma se detenía si no era absolutamente necesario.
Me despedí de la mujer. Crucé la calle y subí las escaleras. Ahí estaba. Lo que me pareció increíble es que permaneciera intacta. ¡Qué digo intacta! No había sido asaltada y la cortina parecía nueva. Tal vez lo fuese porque estaba en muy buenas condiciones y su interior tan limpio que parecía no haberse utilizado nunca. Me resguardé de la lluvia. Ruth tardaba bastante. Llevaba quince minutos ya dentro de la cabina, esperando, cuando el cielo se ennegreció y la calle se iluminó por los relámpagos. Genial. Tocaba quedarse más tiempo. Si bien tenía dinero de sobra, no me apetecía gastar ni un centavo en la cabina. Saqué las monedas antiguas que guardaba en la cartera —dos dólares: uno de 1962, otro de 1930 y un penique de Lincoln de 1914, regalo de mi padre—. Saqué el dólar de 1962. Total, era fácil de conseguir, aún había gente que los coleccionaba. Sin ir más lejos, mi vecino: el viejo Chapman. Cerré la cortina, giré el asiento hasta colocarlo a la altura necesaria para que mis ojos se situaran en la línea indicada e introduje las monedas, sin prestar atención a lo que me pedía la máquina. La fotomatón admitió la moneda. Me pareció genial. Se lo contaría a mis amigos más tarde en las redes, no lo iban a creer. Traté de salir bien, no quería que Ruth se riera de mí porque el gesto de mi cara fuera ridículo. No muy satisfecho y más bien a regañadientes, me conformé con las que me parecieron más decentes. Salí de la cabina y esperé a que la máquina las escupiera y las secara. Ruth seguía sin aparecer. Saqué el móvil. ¡Mierda, sin cobertura! Genial, la lluvia debía estar interfiriendo en la señal — farfullé—. Intenté, en vano, enviarle un mensaje. Tampoco me dejaba. ¡Joder! ...y Ruth sin presentarse...
Me cansé de esperar. Las fotos no salieron, la máquina era un timo. Y eso que había salido el flash y me había permitido navegar por el menú para seleccionar el tipo de combinación que prefería. Cabreado, pensando que mi novia me había dejado plantado, me encaminé de nuevo a casa. Bajé el trecho que daba por finalizada la Rampa, leyendo al tuntún algunas de las palabras del muro: "mar", "sin", "entiende", "calle", "dos", "agujero"... Al llegar abajo e intentar cruzar la calle, observé extrañado que el paso de cebra por el que había pasado minutos antes ya no estaba y que los vehículos pasaban a una velocidad endiablada. Algo confundido, me convencí de haberlo imaginado y crucé a salto de mata hasta alcanzar el otro lado.
Una vez en la acera escuché la bocina de un coche y me giré. Una ambulancia pasó a gran velocidad atravesando el túnel. A la vez, un autobús urbano, estacionado frente a la parada retomó su camino. Al verlo pasar observé que tenía una longitud exagerada, se trataba de un autobús articulado de unos veinte metros. Sólo había visto autobuses así en algunas zonas de Boston y también en Hoosick Falls —una villa, medio perdida, a las afueras del condado—, pero aquí hacía ya más de una década que no circulaban. Los pasajeros que esperaban sentados en la parada vestían de forma un poco rara que a mí me pareció algo descuidada, y la estación de tren parecía diferente. No tenía ya puertas automáticas en la entrada. Elevé la vista hacia la torre de la estación de cercanías. El reloj seguía allí, como siempre; no obstante, sabía que algo no iba bien. Me giré de nuevo, pensativo, y retomé el camino a casa.
¿Qué había provocado todo aquello? ¿Seguía siendo yo? De estar ocurriendo algo, ¿por qué me estaba sucediendo a mí? —me preguntaba mientras atravesaba el Pasaje de Hilerian, de vuelta a casa—.
A medida que avanzaba por el túnel y también cuando salí de él, sin ser del todo consciente, mis ojos registraban las personas, los objetos, las luces, los charcos, los sonidos, los olores... que iba dejando atrás. Mi mente iba procesando los cambios, los nuevos datos iban incorporándose a mi memoria. Todo había cambiado: de forma, de lugar, de sentido... Al menos el cruce de Hampton seguía allí, apenas transformado por un semáforo algo viejo, pero en el mismo lugar de siempre.
Al cruzar la esquina que daba a mi calle, me fijé en los establecimientos que estaban abiertos: la paragüería de la esquina —que no había cambiado nada— aún permanecía en pie, la agencia de viajes —que llevaba casi diez años allí— se había transformado en una tienda de música —¡con discos de vinilo y cassettes de cromo!—. En el lugar donde antes —en mi presente— había una tienda de ropa, aparecía ahora una papelería y a su lado una librería de viejo... Pese a que la inquietud que me embargaba me oprimía el pecho, todo aquello me resultaba fascinante. No era la paragüería el único comercio que había logrado llegar a mi presente: el bar de Crocker, también, y... ¡la tienda de retales de la señora Pitchman! Se decía de ella que había sobrevivido debido a que el sobrino de la dueña, Tom Hiddly, trapicheaba con drogas. En cualquier caso, la tienda no desentonaba demasiado. El resto de comercios, por aquel entonces, no tenían que competir con los centros de estética y las tiendas de ropa y tecnología que vendrían después.
Ya en mi edificio, saqué las llaves. Las puertas de mi portal han sido siempre de roble macizo, así que confié en que se hubiera mantenido a salvo de toda aquella locura. Me equivoqué. La cerradura era distinta. Saqué mi iPhone, seguía sin funcionar. ¿No habría llegado aún Internet a a este rincón del mundo? Volví a guardarlo, como si aquel objeto aún pudiera conservar una parte de mí, de mis recuerdos, de mi vida. Tardé varios minutos antes de decidirme y al fin pulsé el timbre. Me contestó una mujer joven a la que no reconocí al principio. De pronto, unos segundos después, su voz me heló la sangre. Pero... no, no podía ser. Sí, sí, era ella. Era mi madre. Había escuchado su voz cuando era muy pequeño y jamás la habría podido recordar de no ser por las grabaciones de vídeo que mi padre conservaba de ella, de antes del accidente. Murió cuando Noëlle tenía dos años y yo cinco. Me quedé helado al escuchar el tercer "¿Oiga, hay alguien ahí?"
No tuve valor para volver a llamar ni para hacerlo a otros timbres. Tampoco me atreví a subir cuando un vecino del inmueble —que me era conocido, pero al que recordaba menos joven— me invitó a entrar y me preguntó si esperaba a alguien y quería subir. Retrocedí sin contestar, sobrecogido por todo lo que estaba sucediendo. La enorme impresión que me causó escuchar a mi madre a través de aquel telefonillo es indescriptible. Enmudecí, no era capaz de articular palabra alguna. Me moría por decirle: Mamá, soy yo. Yo... Hugo. Hugo...
Comencé a llorar. No podía reprimir el llanto, las lágrimas resbalaban por mis mejillas y me impedían ver la calle. Me pasé las mangas de la cazadora por los ojos y busqué desesperadamente un pañuelo en el bolsillo. Lo encontré. Colgaron.
Me fumé un cigarro sentado en el escalón de entrada al portal. Al tirar la colilla, me percaté de que el suelo y toda la calle estaban llenas de ellas. Había a pocos metros de mí una cabina telefónica con puertas plegables. Habían ido desapareciendo paulatinamente desde mediados de los años noventa. Me encantaban. Me acerqué a ella. Un fuerte hedor a orín me persuadió de intentarlo de nuevo. Me marché de allí. Estaba atrapado en un pasado reciente, demasiado reciente, en el que ninguno de mis escasos conocimientos actuales —futuros— servían para nada, era imposible controlar ninguna circunstancia.
Desistí de llamar al timbre de nuevo. ¿Qué podía decirle a mi madre, qué pensaría ella de todo aquello? Mucho tiempo después pensé en aquellos momentos. Seguramente ella se habría inventado cualquier excusa para deshacerse de mí o me habría amenazado con llamar a la policía aunque sólo fuera un chaval tocando el timbre. Debía hacer las cosas de otra manera o mi impulsividad lo estropearía todo.
Caminé hacia el río. Estaba apenas a veinte minutos. La tormenta de verano no había dado tregua y me puse a cubierto de ella al llegar al Hudson. Sentado bajo la techumbre, calado por completo, miraba hacia la orilla del río, tratando de hacer encajar las piezas de aquel puzle terrorífico. Ideé un plan para lograr coincidir con mi madre y conversar con ella, aunque fuese sin revelar mi identidad. En el mejor de los casos, pasase lo que pasase, debía salir de allí, de aquella pesadilla. Lo primero era averiguar en qué día estaba. En segundo lugar, qué había ocurrido y por qué me encontraba allí. Finalmente, solucionarlo. El lugar geográfico seguía siendo el mismo; cambiado, sí, transformado por las ausencias de sucesivas obras, reformas y adaptaciones que ya en el futuro —mi presente— tendrían lugar. Pero estaba en mi hogar, en Albany, aunque yo ya no fuera yo ...porque no existía. Saqué el iPhone y los auriculares, aún quedaba algo de batería y las funciones básicas de reproducción seguían funcionando. No por mucho tiempo. Puse la única canción que había descargado a la carpeta de música: "Rosenrot", de Rammstein. Recostado en la pared, con las piernas estiradas y cruzando los brazos, cerré los ojos mientras mi cabeza cavilaba infinitas posibilidades de acción, de huida, a la espera de quedarme al fin dormido, soñando despertar fuera de esta pesadilla.
*****
Diez años después...
Asentado en mi nueva vida, barajé las posibilidades que me ofrecía y, dado que no poseía apenas conocimientos teóricos —sólo había cursado el primer año de Filología— no disponía de formación útil, salvo la informática a nivel usuario —que en aquellos momentos eran mi mejor carta de presentación—. Me hice informático. No fue fácil acceder a la escuela nocturna, aunque sí lo fue conseguir trabajo una vez en posesión del título.
Habían pasado muchas cosas desde que desperté en la orilla del Hudson. Un periódico de la época me había situado en el tiempo real en que había quedado atrapado. Me encontraba en 1996. El dólar que yo manejaba era aún un espejismo. Las últimas monedas acuñadas traían el rostro de otros presidentes ya fallecidos y las tomarían por falsas. Mi existencia bajo una identidad ficticia me permitió más tarde formar parte del sistema. Si bien internet aún no estaba tan extendido y su uso para móviles apenas acababa de dar sus primeros pasos dentro de los arcaicos artefactos tecnológicos tanto de mesa como portátiles.
Antes de encontrar un trabajo mal pagado en el taller de reparaciones de un mecánico —que me permitió alojarme durante un tiempo en un motel de mala muerte, cerca de Sheridan Avenue—, tuve que buscar refugio lejos de las calles. Viví durante seis meses en una casa ocupada por indigentes que se hallaba en un descampado próximo a la universidad estatal. Huí allí de perros salvajes que habían sido abandonados y conviví con un grupo de doce o trece personas —según el día— que organizaban conciertos, cultivaban patatas, algunas verduras y tomates, y plantas de María mientras los vecinos miraban hacia otro lado por temor a las represalias. Cocinaban con pequeñas bombonas de gas recargables, y la casa estaba llena de linternas de campamento y velas. Habían colocado una puerta en la entrada para que los perros no pudieran entrar. Como era de esperar, la policía se presentó y los desalojó a todos. Yo me encontraba en el parque, tocando la guitarra de Mohawk, un hombre sin techo que bebía como un cosaco y casi nunca se tenía en pie. Me la había regalado un día, al "encontrar" una mejor en un bar de Schodack al que —decía él— le habían llevado unos amigos.
Gracias a una fiesta organizada en la casa de un estudiante, conocí a un chico de mi edad que había ido a mi instituto y que trabajaba a media jornada en el negocio familiar de su abuelo. Con la borrachera que llevaba, le era imposible distinguir a sus amigos del resto de los asistentes al evento, así que en un momento de la noche se acercó a una chica y la besó en la mejilla. Antes de que fuese capaz de comprender lo que sucedía, la chica le derribó de un golpe y continuó sacudiéndole junto a otro sujeto, presumiblemente un amigo. Entonces le saqué de allí y le acompañé a su casa. Sangraba bastante, le dolía todo el cuerpo y a duras penas lograba mantenerse en pie. Afortunadamente podía balbucear un poco y conseguí averiguar donde quedaba su casa. Cuando llegamos a la puerta de la misma y su abuela le vio en aquel estado, se asustó mucho, llamó a su marido y me instó a que subiese al coche para ir al hospital con ellos. Yo tenía salpicada de sangre la camiseta y debió pensar que yo también estaba herido. Decliné el gesto, consciente de que al no poseer identidad me metería en líos.
A los pocos días me presenté en su casa para ver cómo se encontraba. Salió con la cabeza agachada, como si le diera vergüenza. Tenía buen aspecto, teniendo en cuenta que le habían dado una paliza y había terminado en el hospital. Fuimos a dar una vuelta. Le ofrecí un cigarro y lo aceptó, entonces le conté mi situación y él, más por empatía que por agradecimiento, me presentó a su abuelo, el dueño del taller de reparaciones donde él mismo trabajaba. Conseguí así mi primer empleo. Tuve que acudir poco después a un falsificador de tres al cuarto, también por mediación de mi amigo, para hacerme un carnet falso. Su abuelo no iba a contratar a ningún indocumentado. A cambio del maldito carné tuve que darle al que organizaba el tinglado una considerable suma de dinero, lo que me impidió costearme otra cosa que comida y alquiler durante mucho tiempo. No obstante, mereció la pena.
Con el correr de los años, ya acostumbrado a mi nueva identidad, me saqué el carné de la biblioteca y mejoré mi escritura. Un enorme complejo de inferioridad respecto de lo que publicaban otros escritores en la sección de opinión de la prensa y algunas novedades de las librerías me impidieron pedir trabajo en ninguna editorial. Me decidí entonces por la informática que, al fin y al cabo, era lo que mejor conocía en un mundo que comenzaba a abrirse entonces, de forma extraordinaria, a las nuevas tecnologías. Mantuve relaciones con algunas mujeres mayores, siempre de forma esporádica. No quería compromisos. Aún albergaba la esperanza de volver a casa algún día.
El trabajo en el taller me sacó de las calles. Me daba para comer y para pagar el alquiler de la habitación del motel. Para nada más. Cuando reuní un poco de dinero, compré en una tienda de segunda mano algunas prendas que me dieran un aspecto medio decente para ir al supermercado y coincidir así con mi madre cuando salía del trabajo —antes de la comida o de la cena, cuando cuadrara—. Al principio, hacía tiempo en su calle hasta que ella salía de casa. Luego me acostumbré a nuestros fugaces encuentros fortuitos. Conseguí verla junto a mi padre. Cogidos de la mano, charlando y riendo como cualquier pareja de enamorados.
Un día la dejé ponerse primero en la fila. La cajera —que en vez de pasar el código de barras de los productos por un lector todavía inexistente, aún debía teclearlos a mano— me preguntó si era vecino de la zona y contesté que sí. Desde aquel momento, mi madre me dio un voto de confianza que aproveché para cruzarme con ella todas las veces que me fue posible. Descubrí muchas cosas de su forma de ser, de hablar, de pensar, de moverse, de sus gustos musicales —que ya conocía en parte debido a sus discos, sus diarios, sus agendas...— y algunas pequeñas anécdotas sueltas, apenas dos frases cruzadas como gesto amable frente a un extraño. Porque eso éramos, dos extraños. Cada día, durante cinco años acudí al supermercado. Ella comenzó a ir a otros, a veces llegaba acompañada de mi padre, quien también simpatizó conmigo. Pasado el tiempo, ella se quedó embarazada y, pese a mis temores, no hubo ningún percance. En ese mundo paralelo mi familia era feliz sin mí. No había accidentes mortales y mi madre tenía dos hijas. Yo ni siquiera existía.
En los cinco años que duró mi encierro en aquel agujero del pasado, me hice con un piso que llené de libros. Integrado casi por completo en mi nueva vida y habiendo aprendido a organizarme, me dediqué a escribir en mi tiempo libre. Al principio todo eran descripciones, me detenía demasiado en menudencias que no tenían interés ni resultaban importantes dentro de la trama. Todo era un caos y mis circunstancias de desamparo se reflejaban en mis textos una y otra vez. Borré, rompí y modifiqué infinidad de textos.
Poco a poco, me fui haciendo con más cosas: un escritorio, una silla de oficina, un sofá destartalado, una cafetera, un reproductor de música, un portátil... Volqué en el ordenador mis escritos, y también todo cuanto había podido averiguar, en mis pequeñas investigaciones, acerca de lo que podía haber provocado aquel traslado en el tiempo. Desde detalles —para mí— insignificantes (husos horarios, eclipses lunares, música de la época, aparatos del pasado...), hasta lo más importantes (cambios atmosféricos, tormentas, tipos de moneda y su acuñación, tipos de cámaras y de imágenes...)
Una mañana de noviembre, con la lluvia repiqueteando los cristales de la ventana, escuché el tañido de las campanas proveniente de St. Jules. El reloj de la biblioteca marcaba las once y media, me acerqué al mostrador con los dos libros que había cogido. El bibliotecario estampó en la ficha la fecha de devolución y en uno de ellos también el sello de la biblioteca de Albany, al observar que no llevaba distintivo alguno de la misma. Le dí las gracias y bajé las escaleras hasta la salida. En ella, el guarda de seguridad me saludó y se acercó a mí. Nos conocíamos desde hacía ya nueve años. Me ofreció un cigarro y lo acepté amablemente. Nos resguardamos bajo la techumbre del Middleton.
— ¡Menudo día!
— ¡Y que lo digas! A ver si escampa un poco y puedo ir hasta el coche. Tengo que ir a trabajar.
— ¿Has aparcado cerca?
— Sí, al lado de la Quinta avenida.
— ¡Joder, cerca! Si está en el quinto pino!
— ¡Ja, ja, ja... Pasas demasiadas horas sentado, Mario!
— ¡No me jodas, Hugo! ¡Mira, ya ha escampado, ve a tomar... el aire!
— ¡Ja, ja, ja, ja...! ¡Hasta mañana!
— ¡Hmm!
Salí con la sonrisa en la boca. Caminé por el distrito nueve hasta llegar a la Quinta avenida y cogí el coche. Una vez dentro, dejé los dos libros en la guantera y conduje hacia el trabajo. Me llegó un mensaje al móvil. A uno de los clientes le había surgido un percance y mi jefe había tenido que trasladarse a su casa. Eso era todo. Seguí conduciendo hasta llegar al trabajo. Una vez allí, vi que mi llave no entraba. Algún malnacido había metido palillos en la cerradura de la puerta y un vecino del edificio había llamado al cerrajero. Tardarían un rato. No me merecía la pena esperar. Podía adelantar unas cuantas cosas desde casa. Llovía, de nuevo.
Al volver al coche vi un papel en la puerta del copiloto, estaba hecho trizas, la lluvia lo estaba despedazando. Antes de sacar el trozo que había quedado pegado al cristal y tirarlo al suelo, leí por encima lo que ponía: ...edium, lo resuelve tod... Entré en el coche. La carretera apenas se podía distinguir en mitad de la lluvia. Era una oscura mañana de noviembre. La primera del mes. La de difuntos. Los truenos y relámpagos completaban el cuadro perfecto para una historia gótica con muerto incluido. Cuando ya entraba por Hampton, dirección al Pasaje de Troy, el coche me dejó tirado. Cogí los libros y los resguardé de la lluvia como pude. Pensé en meterme en una cafetería hasta que escampara, pero me preocupaba perder el tiempo, así que me encaminé por las estaciones hacia el túnel. Cuando me disponía a atravesarlo tropecé con una mujer de pelo largo, con bucles y sin paraguas. Su atuendo era un poco raro: un vestido largo, casi hasta el suelo, en un día como ese, y un abrigo negro con cuellos enormes, también muy largo. Pensé que aún iba disfrazada de Halloween, aunque no iba maquillada. Me disculpé y seguí andando. Llevaba andados apenas cuatro pasos cuando me detuve en seco y me giré. Ya no estaba. Miré en todas direcciones. Se había evaporado. Salí en su búsqueda. Estaba seguro de que era ella, era la misma mujer. Apenas unos segundos bastaron para reconocerla. La mujer que me advirtió del traslado de la cabina aquella mañana, hace ya diez años.
Lo había intentado durante años. Había vuelto una y otra vez a la cabina; en verano, en otoño, en invierno, al comienzo y al final de la primavera... pero nunca, nunca la había encontrado en el lugar que la hallé aquella vez que me lo indicó ella. La antigua cabina era la única que seguía ahí. Las monedas entraban, pero no servían. No importaba de qué fecha fuera la acuñación.
Dos segundos, quizá tres. No lo recuerdo. Eché a correr.
Crucé al otro lado de la calle, sin mirar, sin pensar, apenas sin respirar. Subí las escaleras hacia la Rampa de Berlin como alma que lleva el diablo y... los libros cayeron sobre los charcos. No los miré. No pude. Toda mi atención se centró en la imagen que apareció ante mis ojos. Estaba allí, estaba allí. Era la cabina. Había vuelto a aparecer. Llovía a cántaros, los libros en el suelo pedían a gritos que los rescatase de su ahogo, pero no pude, estaba paralizado. De pronto, reaccioné. Corrí hacia la cabina. Entré. Cerré las cortinas, coloqué el asiento a mi altura y me quedé allí, quieto, asustado. Llorando largo rato, incapaz de reprimir el llanto, incapaz de salir en busca de los libros o de ir a mi piso a recoger mis escritos. Todo el trabajo de los últimos diez años se hallaba en el piso de la calle Eagle, junto a la biblioteca. Ahora que mi vida se había estabilizado un poco y podía aspirar a tener un futuro digno —cosa bastante difícil en mi presente, con la crisis económica asolando a Estados Unidos y toda Europa, y la inestabilidad mundial causada por el terrorismo...— surgía esta oportunidad, la de volver. Regresar a una vida en la que tendría que empezar otra vez de cero, sin trabajo, sin dinero ...sin estar seguro de que me aceptasen de nuevo en mi casa, si es que volvía a mi presente y sin contar, claro está, con el inconveniente de tener que explicar mi desaparición a mi familia que, por supuesto, no me creerían jamás.
Quizá sea un necio, quizá sea eso, quizá sólo desee recuperar mi identidad...
Metí la mano en el bolsillo y saqué la cartera. Cogí las monedas antiguas y nuevas que guardaba. Las que había conseguido en tiendas de anticuario, cerca de Brunswick. La cabina que utilicé la primera vez había funcionado con las antiguas monedas. Esta vez todo iría bien, admitiría las monedas. ¿Qué diablos estaba diciendo? ¡Pues claro, si había vuelto después de diez años! Si era la misma. Las otras veces que había vuelto allí había tenido que usar la de la entrada al Pasaje de Hilerian y había desperdiciado mi dinero porque nunca me dio resultado. Le dí a hacer fotos. No recuerdo qué gesto puse, ni siquiera recuerdo mi rostro reflejado en el cristal, previsualizado en la pantalla. Sólo recuerdo mi angustia, el miedo a quedarme allí, en una vida que, si bien decente, la sabía ajena.
Conseguí regresar. Todo había cambiado, otra vez. La crisis había dado lugar a un período de recuperación que había permitido a los ciudadanos un pequeño desahogo. Habían pasado diez años de mi presente. Me encontraba en 2026. Mi padre aún vivía en la misma calle. Noëlle, no. Se había mudado hacía cinco años con su novio a Europa. Vivían en un piso de Palma. Se telefoneaban regularmente y ella le enviaba un paquete de libros cada dos semanas.
*******
Me reconoció de inmediato. Habían pasado diez años, pero mi padre supo que el hombre que tenía frente a él en el rellano era su hijo Hugo. Nunca creyó mi historia. Pensó que me habían secuestrado e incluso barajó la posibilidad de que yo mismo hubiese huido para cambiar de vida. No pude convencerle. Tampoco a mi hermana. Ruth, mi antigua novia, se había casado con un vecino suyo y se había ido a vivir a otro Estado, a Virginia. Nunca me he arrepentido de mi decisión. Además, llegué a tiempo para escribir "mi primer relato". Ya no era el mimo, claro, pero estaba escrito por mí. Yo era yo. Definitivamente había recuperado mi vida.
Si esto es la vida, ¿cuántas hay, en cuántos lugares, en qué momentos?