Nicte de Rebeca C. Garin

 

Diez autores y once relatos rinden un espléndido homenaje a librerías, libreros, libros y lectores. Policíacas, misteriosas, románticas, fantásticas, realistas... historias extraordinarias con el protagonismo indiscutible de una librería siempre única, como la imaginación de quien la describe y la habita, de quien la dota de personajes y llena sus estantes de libros raros y maravillosos para que el lector se pasee por entre sus prometedores estantes. Por estas páginas transitan encantadoras investigadoras, clásicos que cobran vida, libreros excéntricos, herencias librescas, detectives suspicaces, acertijos de siglos pasados, palabras mágicas que conjuran hechizos olvidados, James Joyce, Hemingway, una dragona y hasta el mismísimo señor de las tinieblas. 
"Nicte", de Rebeca C. Garin, es una de esas historias misteriosas que muestran que los viejos pecados tienen largas sombras.

*** 

NICTE

REBECA C. GARIN

 

Lejos, Melancolía aborrecida,
 hija del Cancerbero y la más negra noche,
 en una abandonada caverna estigia,
 entre hórridas formas, gritos e impías visiones,
 busca alguna desolada celda
 donde, bajo sus alas, la obscuridad cobija,
mientras el cuervo de la noche canta,
allí, bajo sombras de ébano y rocas
de angosta frente, como tus bucles despeinados,
 en obscuro desierto cimerio mora por siempre. 
 
L’Allegro, 1646, John Milton

 

El aire frío, húmedo y denso que forma bancos de niebla en el embarcadero avanza lentamente alcanzando los tejados de la ciudad, acechando en cada esquina al viandante e impidiendo su visibilidad.  Los vientos desapacibles recorren de punta a punta todo el puerto y se cubren con lonas las pocas embarcaciones que aún quedan amarradas al muelle. La lluvia comienza a emborronar el paisaje, llenándolo de oscuros charcos y, aunque de vez en cuando un pequeño rayo de luz asoma antes de caer la tarde, las temperaturas continúan en descenso y las tormentas son frecuentes… Llegado el invierno a la ciudad costera de Sambier, miles de bombillas iluminan las calles y muchos son los coches cuyos pequeños faros sostienen la mirada, desafiantes, a la obscura noche. Algunas oficinas, que permanecen todavía abiertas, encienden ahora sus luces, compitiendo con los escaparates del Sitio de Briet que presumen de tener los anuncios luminosos más bellos de toda la ciudad. Las farolas de las avenidas principales observan altivas a los transeúntes, elevando después su vista hacia el cielo.

Me encuentro en mi habitación, de pie, frente a la ventana, admirando las magníficas estatuas que custodian la entrada de la alameda de Briet. Miro el mar, que apenas se deja ver y permanezco en la obscuridad, no quiero que se acerquen las sombras. El manuscrito de Arland está a buen recaudo. Todo está en orden. Sólo queda una cosa por hacer antes de marcharme de la ciudad: esperar a que llegue la media noche y comprobar que el arma está cargada.

I

 

Los libros, ¿quién podría vivir sin ellos?, ¿qué estaríamos dispuestos a hacer por conservarlos? La vida, ¿qué es la vida sino una historia secuestrada, un poema que nunca acaba? La muerte, ¿qué es, cuándo llega, dónde la venden?

 

La portada del periódico que informaba del incendio no decía nada acerca del cuerpo que la policía había encontrado en el sótano de una librería de la pequeña ciudad de Elvian, en la comuna fronteriza de Hendaye, Francia. Yo era detective privado por aquel entonces y me encontraba en mi oficina de la avenida Pascal Levallois, leyendo la noticia y a la espera de recibir una llamada de la comisaría que confirmase por fin la identidad del cuerpo hallado en el lugar de los hechos. La repentina desaparición de mi socio, Román Bernard, y el reciente fallecimiento de Lou, la dueña de la librería, sólo complicaban más las cosas.

La prensa informaba de lo acontecido en las últimas horas y repasaba, una vez más, otros hechos que habían tenido lugar en relación con el caso:

En la madrugada del miércoles se ha declarado un incendio en el centro de la ciudad que ha sido sofocado a tiempo gracias a la rápida intervención de los bomberos quienes, advertidos por los vecinos del inmueble, acudieron de inmediato. No se han registrado daños en la estructura del edificio ni hay víctimas que lamentar. La librería de los Hayden ha sido el escenario de este fatídico episodio en la que una parte de la misma, la que da a la Rue du Pont, ha resultado dañada. Recordemos que la joven editora, Louise Hayden, de NICTE Ediciones, S.L. y dueña del local, sufrió hace unas semanas un accidente mortal en una carretera secundaria, cuando regresaba de un viaje de negocios. El taxi que la llevaba a su casa perdió el control a causa de la lluvia y chocó contra un poste, muriendo el conductor en el acto. La joven, que logró salir del vehículo, se desplomó a pocos metros del mismo...

Sonó el teléfono. Descolgué. Era Barraud. El cuerpo hallado era el de Bernard. Alguien le había disparado a bocajarro y había prendido el sótano en un intento por destruir las pruebas que pudieran incriminarle. Una de las chicas de Nath apareció asfixiada, además, cerca de allí.  

—Esto apesta, Arland —dijo Barraud, al otro lado de la línea—. ¿Un viejo detective de homicidios en un refugio que nadie conocía hasta ayer con una bala en el pecho y rodeado de valiosos objetos hechos cenizas? No, esto es demasiado extraordinario, incluso para Sambier.

—Tal vez encontró una lectura de su interés… —espeté, molesto—. Colgué. Era evidente que ya lo sabía todo el cuerpo de policía al completo y que en pocas horas sus agentes se dedicarían a difundir los detalles más escabrosos, exagerándolos e inventándolos si era necesario, para dar más bombo al asunto. Las ciudades pequeñas se afanan en buscar este tipo de entretenimientos, pues las apartan momentáneamente de su rutina diaria, permitiéndolas poner en practicar el maravilloso arte de la calumnia, a la par que estimulan su imaginación.

Ignoraba que mi socio me estuviera siguiendo los pasos. Bernard era viejo, pero era un experto. Antes de crear la agencia, BERNARD & ASOCIADOS: DETECTIVES PRIVADOS (a la que sólo pertenecíamos él y yo), había trabajado en homicidios. Mi comportamiento errático debió despertar en él ciertas suspicacias y su curiosidad le empujó a seguirme, consiguiendo averiguar lo del antiguo refugio. Lou lo había convertido en una especie de mausoleo en honor a su madre, ocultando en su interior una biblioteca-museo del horror en donde guardar el más espeluznante de los secretos: un crimen. Toda la estancia la delataba. La correspondencia familiar, algunas viejas cartas propias muy reveladoras (dirigidas a su madre fallecida), varios objetos antiguos de gran valor económico, fruto de la amistad de su padre con el anciano Mallo, y un diario personal en el que la mismísima Louise Hayden se confesaba la autora del crimen, acontecido nueve años atrás. Por supuesto, yo sabía lo que había ocurrido en realidad en aquel sótano. Juliette se había encargado de Bernard, llevándose el dinero.

 

El verdadero culpable del crimen jamás fue apresado. Las sospechas recayeron sobre Eloy, el sobrino del anciano, quien se quitó la vida al no poder soportar la acusación —casi condena, en esta ciudad las cosas funcionan así— por homicidio que se le imputaba. Todo apuntaba hacia él, eso bastaba para que toda la ciudad se le echara encima, acosándole día y noche. Era un tipo sensible, pero lo que le rompió fue la muerte del anciano. Le quería como a un padre. Al suyo, en cambio, lo aborrecía. De hecho, una de las razones que se adujeron en el juicio, celebrado dos meses más tarde, fue ésa: que odiaba a su padre, Aldo Somoza, y toda figura autoritaria que optase al puesto de imagen paterna. Era de dominio público que el muchacho había adoptado el apellido de su madre, al morir su padre —de leucemia— como expresión de su rechazo hacia él. Por otra parte, también se le acusó de ocultar su presunta homosexualidad. Según esta hipótesis, al ser descubierto por su tío, habría cometido el asesinato. Algo, por otro lado, descabellado, pues estaba prometido con Margueritte Ros, con quien se casó antes del juicio y con quien tuvo una niña (aunque esto lo descubrí, por mi cuenta, mucho después). Tras la sucesión de desgracias, la viuda de Eloy Mallo se trasladó a París, donde dio a luz a su hija y donde aún reside. La policía, al no encontrar pruebas concluyentes y tampoco a nadie más a quien culpar, cerró el caso.

Sí, recuerdo perfectamente el día que lo descubrí todo. Cómo olvidarlo...

 

II

 

Nada más entrar en la oficina mi socio arrojó sobre la mesa la prensa del día. Recostado, como de costumbre, sobre su silla y con los pies extendidos a lo largo de la mesa, me miró de reojo y dejó escapar el humo del cigarro mientras aplastaba la colilla en el cenicero. Once años mayor que yo, mi socio hacía tiempo que había salido de la Academia de Policía y lo había hecho convertido en un detective de homicidios de los que ya escaseaban: valoraba todos los detalles y acumulaba las suficientes pruebas como para no lanzarse a sacar conclusiones sin haber sopesado antes todos los móviles posibles. Los días de insensatez, para él, habían terminado hace nueve años, con la resolución de su primer caso. Desde entonces era un hombre nuevo. Había abierto una agencia de detectives, BERNARD & ASOCIADOS, S.L., a la que yo me había incorporado hacía un año, siguiendo sus pasos. Sentía que formaba parte de algo grande, que él y yo formábamos un buen equipo. Yo, que llevaba bajo su tutela casi siete años, lo conocí el día que murió el anciano Mallo. Él era quien se había encargado del caso.

Cerré la puerta tras de mí y me acerqué a su escritorio, ignorando el periódico. Me senté en un extremo y observé el puñado de cartas que estaban desperdigadas encima de la mesa. Algo que no parecía comestible a esas horas chorreaba, traspasando la bolsa de papel que había en el otro extremo, junto a la ventana. Eché un vistazo al interior de la bolsa. Eran unos bollos rellenos de carne y cubiertos por una pestilente salsa. Se me revolvió el estómago y la aparté con repugnancia, devolviéndola a su sitio. Me desabroché el primer botón del abrigo y extendí la mano para quitarle a mi socio el cigarro de la boca.

—Dame fuego —dije.

—¿Qué pasa, no había tabaco en el estanco esta mañana?

Metió la mano en el bolsillo y me lanzó una caja de cerillas casi vacía.

Junto con la correspondencia, en el borde de la mesa, había un montoncito de tarjetas con el nombre de la agencia impreso en letras mayúsculas.

—No me gustan. Hay que cambiarlas —comenté mientras pasaba el dedo sobre una de las tarjetas, apreciando su textura.

—A mí tampoco me gustan. Deberían llevar una marca distintiva, nuestro sello personal —contestó mientras se incorporaba, echando una mirada rápida al periódico, atento a cualquier movimiento por mi parte. Sabía que tarde o temprano reaccionaría a sus provocaciones.

Con una pequeña sacudida lo extendí, a lo largo, y sosteniéndolo con ambas manos, examiné detenidamente la imagen de portada bajo la tenue luz de la lámpara del escritorio. Noté cómo mi semblante, apenas perceptible desde su ángulo visual, envuelto en sombras debido a la escasa iluminación, se tornaba pálido. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. No importaba que hubiese estado allí, no lograba asimilarlo. No encontraba el modo. Todo había sido un engaño. Mi cabeza, inclinada para leer, comenzó a erguirse siguiendo la ruta que marcaban mis ojos, persiguiendo un recuerdo que parecía escapar atravesando la pared y que, poco a poco, se esfumaba tras la ventana. A medida que mis dedos se desprendían del papel, apenas sujetaban ya el periódico. Con pesadez, lo dejé caer sobre la mesa y contuve el aliento. Mi socio me miró, pero no dijo nada. Bajé la mirada y observé el periódico que había tirado al suelo, luego miré hacia la calle, a través de la ventana abierta. Me levanté de la mesa y me dirigí a la puerta. Giré el pomo y permanecí de pie, callado, dándole la espalda a mi socio durante un instante, esperando a que dijera algo, a que me increpara... No lo hizo. Me marché sin cerrar la puerta. Escuché sus pasos al otro lado, desplazándose hacia la ventana. También el ruido de las hojas al recoger el periódico del suelo. Bajé las escaleras en pesado descenso hacia la salida.

Una vez en la calle, me abroché bien el abrigo. Las palabras del titular de portada no se me iban de la cabeza: LOUISE HAYDEN MUERE EN UN ACCIDENTE DE TRÁFICO.

Mi socio y yo ya estábamos al tanto. Los de comisaría nos lo comunicaron al momento y yo me había trasladado de inmediato al lugar de los hechos nada más conocer la noticia.

La lluvia no cesaba y caminé hacia el estanco que había en la misma calle, unos pasos más allá estaba la librería de los Hayden. Compré tabaco y me resguardé de la lluvia. Saqué un cigarro sin filtro del paquete. Las manos me temblaban y el cigarro se me resbaló y cayó al suelo. Saqué otro. Esta vez logré sostenerlo entre los labios. En la parada de autobuses nadie parecía reparar en todo esto. Permanecí de pie, inmóvil durante unos segundos, con el cigarro en la boca, sin encenderlo, observando la lluvia caer sobre la carretera. Alcé la mirada hacia el puerto. A las siete de la mañana el edificio de Correos se levantaba gris e imponente sobre el Sitio de Briet, cerca del embarcadero. Imaginé a mi socio, en el edificio a mi espalda, observándome desde la ventana de la oficina, pensando quizá en lo absurdo de mi comportamiento. No lograba dominarme. El mundo se hacía pedazos alrededor de mí y él intuía lo que pasaba sólo a medias. Empecé a enredar con la caja de cerillas, girándola entre mis dedos sin decidirme a sacar una. Una señora, que esperaba a mi lado en la parada a que llegara su autobús, me miró con desaprobación antes de que encendiera mi cigarro. Al parecer, las cerillas tampoco son del agrado de nadie, como la lluvia. Levanté un poco el cuello del abrigo y, sin salir de la estrecha zona cubierta por la techumbre, prendí el cigarro, arrojé al suelo el fósforo y crucé la avenida. Lo hice distraídamente, con la mirada perdida en la carretera. Entonces el cielo rugió y un relámpago iluminó la calle devolviéndome a la vida. Una vida sin sentido. Me metí en Saint Roquet, la cafetería con peor café de toda la ciudad. Con la que estaba cayendo, no era plan de dar vueltas en busca de ningún otro establecimiento cercano. Me quedé pensando en el sótano y en las cartas que había descubierto hacía apenas unas horas. Guardé la caja de cerillas.

Un sinfín de imágenes, se agolparon en mi cabeza en ese momento. Lou, su padre, la muerte de su madre, la librería, la familia Mallo, la muerte del anciano, el sótano, las cartas… Me quité el abrigo y me senté en una de las mesas que había junto a la ventana. Juliette me trajo el brebaje de siempre acompañado de una sonrisa. Pedí un cenicero y le di los buenos días. Cuando pienso en Lou, me vienen a la memoria los años en la escuela... La situación entonces era muy precaria, a los vecinos del primer piso les cortaron la luz una vez, durante dos semanas, y calentaban la comida y la leche a base de velas. En nuestro caso, la luz se iba sólo si había una gran tormenta. Desde hace unos años, los generadores mantienen a la ciudad despierta. El café sobrante de mi taza se derramó sobre los terrones de azúcar. Solté la cuchara y miré hacia el exterior. Afuera sólo la lluvia transitaba la calle. El autobús acababa de recoger a los últimos pasajeros que esperaban, de pie, silenciosos y pensativos, en la parada. Ya no quedaba nadie más bajo el cielo desnudo de Sambier.

Una euforia incontrolable la poseía cuando salió de la librería aquella tarde. El anciano Mallo, en mitad de la calle y con el paraguas roto. Encontrado a pocos metros de su casa, con el rostro hinchado y amoratado…, era lo que la tenía tan agitaba. Las páginas de aquellos libros… se deshacían casi al contacto con la lluvia. Papel biblia, imposible que sobreviviera. Ella lo planeó todo. Durante todo el tiempo me aferré a un imposible. Creí que ella y yo, que yo… Ella lo escribió todo en esas cartas, confesó su crimen, hasta el último detalle... No sólo eso, se aseguró de que no descubriera que me había dado un hijo. Sí, lo hizo bien, muy bien. 

A veces la vida te enseña que la felicidad está en muy pocos lugares, en cosas casi imperceptibles, como una figura de papel plegada, formando una lagartija que lleva su nombre. Otras veces, esa misma vida te enseña que la felicidad no se encuentra en ninguna parte. Metí la mano en el bolsillo interior del abrigo y saqué de la cartera la lagartija de origami que Lou me había regalado aquella fatídica tarde. La había llevado conmigo desde entonces. En Elvian los pescadores dicen que las lagartijas de Sambier ahuyentan a la mala suerte…

 

III

 

La primavera se presentó en Sambier acompañada de una obscura y decrépita amiga…   Llamaron a la oficina. Descolgué el teléfono. Era de comisaría. Louise Hayden, de NICTE Ediciones, S.A., había sufrido un accidente mortal en una carretera secundaria, al girar en una curva el taxi que la había recogido en el aeropuerto para llevarla a su casa. Aparté el auricular y colgué. No tardé más de cinco minutos en llegar al lugar de los hechos. Aparqué y me acerqué al cuerpo sin vida de Lou. Presentaba diversas contusiones, entre ellas un trauma craneal grave con resultado de muerte. Su cabeza debió golpear violentamente, varias veces, contra la puerta lateral del coche. Un agente se acercó a mí con intención de hablar. Hice ademán de ignorarlo, pero insistía en permanecer frente a mí en la misma postura. Le miré directamente a los ojos, con rabia. Me disponía a increparle cuando observé que sostenía una caja en su mano.

—Disculpe, detective, son las pertenencias de la fallecida que hemos encontrado. El conductor ha muerto en el acto, pero ella logró salir del vehículo y, aunque malherida, caminó todo lo que pudo hasta desplomarse. ¿Sabe que al otro lado de este muro hay unas víboras venenosas? Las llaman las víboras de Seoane. Tenga cuidado —me informó.

—Gracias —dije, al tiempo que me acercaba a la caja.

—El taxi la recogió en el aeropuerto. Venía de Lyon. Le llamamos a usted porque al intentar localizar a su padre nos han comunicado que está impedido y…

—Entiendo. Deje, yo me haré cargo. Llevaré a su padre al depósito esta tarde para que corrobore la identidad de la fallecida.

—Gracias, detective. Ha sido una desgracia. Las carreteras de toda esta zona están sin asfaltar. Cualquier maniobra bajo la lluvia es potencialmente peligrosa. Si uno no va con cuidado... —se interrumpió al comprender que quizá a mí no me interesaran sus apreciaciones personales y se marchó.       

Metí la caja en el coche y me fui a la oficina. Quería tener un poco de intimidad. Echar un vistazo a los objetos de Lou antes de ir a ver a su padre. Nuestra oficina se hallaba a cinco minutos del embarcadero, en una zona bastante céntrica. La hora de apertura no estaba estipulada y mi socio y yo pasábamos tanto tiempo en su interior que nunca terminaba uno de echar el cierre. Prácticamente, vivíamos en ella. Cuando llegué mi socio no estaba. Llegaría quizá dentro de unos minutos, quizá después de unas horas… Abrí la puerta del despacho y acercándome a la ventana, dejé que entrase el aire frío de la calle. No importaba el tiempo que uno la tuviese abierta, siempre se concentraba allí un maldito olor a humedad insoportable. Estuve un rato, examinando con detenimiento cada objeto de la caja. Luego me serví un vaso de whisky y me recosté en la silla. Posé mis ojos sobre el tarjetero, con desgana.

 

BERNARD & ASOCIADOS

AGENCIA DE DETECTIVES

Tlf.: 0033661907

(Se atienden llamadas también los sábados)

 

Me levanté. Guardé un puñado de tarjetas en el bolsillo de la camisa y me cubrí la garganta con el cuello del abrigo. La primavera estaba otra vez rezagándose. A este paso mi cuerpo acabaría mutando para regresar al mar del que, según decían los pescadores de Sambier, los primeros hombres salieron un día para conocer el sol y se perdieron en la niebla.

Fui a visitar a Juliette. Abrió la puerta medio dormida. Llevaba puesto un pijama de hombre. Sólo la parte de arriba. Le cubría casi hasta las rodillas.

—Me gusta, aunque no le hace justicia a tu preciosa figura —dije afectando la voz, tratando de provocar en ella un atisbo de sonrisa.

—¿Te has quedado sin monedas o has olvidado mi número? —dijo Juliette, arqueando una ceja y echándose a un lado para que yo entrara. Debía haber llamado antes de presentarme en su casa. Sonreí. Siempre era ella la que conseguía arrancarme a mí una sonrisa, Me acerqué a ella y, sin apartar la mirada de sus ojos, ahora sonrientes, cerré la puerta. 

Juliette trabajaba de camarera en Saint Roquet, apenas ganaba lo suficiente para mantenerse y, gracias a una amiga, había conocido a Madame Nath, quien la había presentado a ciertos empresarios muy interesados, al parecer, en ayudarla a salir de su difícil situación. Ella averiguó todo el tinglado. Aún no sé cómo. Al enterarse de la muerte de Lou, supongo que fue a casa de su padre, a darle el pésame, aprovechando la relación de amistad que éste mantenía con su tío, un periodista mediocre, con ínfulas de escritor, que nunca consiguió colocar a nadie ni un solo relato de los que conformaban su excelsa obra. El padre de Lou, profundamente afectado por la muerte de su hija, presumiblemente, le contaría lo mismo que me había contado a mí: que él no podía hacerse cargo de la pequeña librería familiar, que iba a ponerla en alquiler y que iba a vender NICTE Ediciones, S.L. al mejor postor. Obviamente, el anciano ya no podía hacerse cargo de los negocios de su hija y el dinero, si bien no le proporcionaría jamás consuelo, lo que sí haría, sería ofrecerle, al menos, cierta tranquilidad y, por supuesto, desahogo económico. Nunca pude averiguar si habló con el viejo, pues al año siguiente de la muerte de Lou, él se encontraba postrado en una cama, a punto de morir. Primero su mujer y luego su hija. Sin duda, aquello había sido el golpe de gracia. Pero no adelantemos acontecimientos…

 

Los días posteriores a mi charla con el viejo Hayden, lo acompañé al depósito y le ayudé con lo referente al funeral. Antes de marcharme de su casa y sin que él se diera cuenta, me guardé el juego de llaves de Lou en el bolsillo del abrigo para averiguar cómo era el refugio del que hablaba. Al tratarse de un accidente, el asunto no requería la atención de la policía, así que me dirigí a la librería de los Hayden sin temor a que estuviera vigilada. Tarde o temprano mi socio averiguaría lo de la caja, pero yo se la había llevado al viejo y no tenía motivos para pensar que yo ocultaba nada. Echaría un vistazo antes de que anocheciese y me iría.

Paré en la avenida de Pascal Levallois y fui andando hasta la Rue du Pont. Los demás comercios aún estaban abiertos y la gente de la zona me conocía, pero a nadie le extrañó

A través de la persiana. En el cristal impoluto de una de las puertas de entrada podía leerse LIBRERÍA HAYDEN. ABIERTO DE LUNES A VIERNES. DE 9 DE LA MAÑANA A 8 DE LA TARDE (SÁBADOS NO), en letras cuidadosamente mecanografiadas y colocado a una altura prudente, que no obligara al visitante a alzar la vista o a tener que agacharse para informarse. El padre de Lou —a quien recordaba siempre muy atareado: leyendo un libro, recortando alguna noticia de prensa, devolviendo los libros descolocados a sus estantes correspondientes u ocupado haciendo cuadrar la caja— rara vez se daba cuenta de lo que ocurría, ya no de puertas hacia fuera, sino en el interior mismo de la librería. Vivía absorto en los libros, mientras Louise se encargaba de atender a los clientes, tratar con los distribuidores, rellenar los albaranes, anotar en el libro de encargos, los pedidos del mes. Era, eso sí, muy disciplinado a la hora de echar el cierre. No hubo día que cerrase a destiempo, aunque tampoco lo hubo en que abriese fuera del horario establecido.

Probé un par de llaves antes de dar con la que correspondía a la persiana y la levanté lo justo para entrar en cuanto abriera la puerta de la entrada. Con el juego de llaves correcto en la mano, guardé el otro en el bolsillo del abrigo, tranqué la puerta desde dentro y me dirigí al despacho del señor Hayden. Detrás de la puerta de su despacho se encontraban los automáticos. Di las luces. La librería seguía igual que siempre. El mostrador quedaba al otro lado, en la otra puerta de entrada, la que daba a la Acera del Correo. Decidí entonces empezar a inspeccionar el despacho del viejo Hayden. Una pequeña ventana permitía ver la calle, pero su altura impedía que desde fuera cualquier curioso pudiera ver lo que uno hacía en aquella habitación, salvo que trepase. Eché una pequeña ojeada y comencé a registrar cada rincón de aquella estancia: cajones, libros, estantes... Me llevó más de una hora revisar todo el despacho y no encontré nada. Cuando me disponía a salir para registrar el mostrador de la entrada este, observé en el suelo, bajo el escritorio, una ranura que asomaba tras la alfombra, ahora movida, que cubría la madera justo debajo del despacho. Era una trampilla. Estaba tan sorprendido que me llevé la mano a la boca y me quedé paralizado unos segundos.  

Al levantar la trampilla de aquel sótano, vi una lámpara de queroseno situada en el primer escalón de bajada. Comprendí inmediatamente que no había luz allí abajo. No sabía que podía encontrarme, pero la curiosidad me pudo y coloqué la lámpara sobre el suelo desnudo del despacho. Antes de encender la mecha me dirigí a la puerta de entrada, la abrí y bajé la persiana. Acto seguido tranqué de nuevo y cerré tras de mí la del despacho, apagando todas las luces exteriores, salvo la del cuarto en que me encontraba. Saqué una cerilla y prendí la mecha. Di al interruptor y sólo la luz que desprendía la lámpara iluminó las escaleras. Bajé con cuidado, temiendo resbalar o que la lámpara se me cayera. Conté veintiún escalones. El suelo estaba cubierto de baldosas. No se distinguía bien el color, pero parecían azules. Sujeté la lámpara a una altura muy por encima de mi cabeza. Hasta donde me permitió el brazo. Allí abajo había otro despacho, igual de pequeño que el del piso superior, pero rodeado por una pequeña biblioteca que contenía libros aparentemente caros. Me acerqué con precaución al escritorio y observé los objetos y papeles que había sobre la mesa. No tardé más de dos minutos en darme cuenta de que allí había estado trabajando Lou y es seguro que también su padre cuando ella era pequeña. Era una especie de biblioteca en honor a Rebeca, la madre de Lou, fallecida en la galerna del Miércoles de Tiniebla. Lo supuse al ver que la única foto que presidía la mesa era la de ella y que los demás objetos que adornaban la estancia también le pertenecían a ella. La mayoría eran antiguallas y había hasta un reloj de péndulo que no funcionaba, quizá parado aposta pero no defectuoso. Un libro con las cubiertas blancas estaba sobre la mesa. Apoyé la lámpara con sumo cuidado y rodeé el escritorio para ver de qué trataba. Era un diario. Lo abrí. Era de Lou y… me lo dedicaba a mí, a mí: PARA ROMÁN EL DÍA QUE LO ENCUENTRE.

El manuscrito llevaba fechas comprendidas entre el 13 de septiembre de 1949 y el 13 de septiembre de 1967. Varias cartas y algunas anotaciones en hojas posteriores, espaciadas en el tiempo, llegaban hasta fechas actuales, pero ya no seguían un orden regular. La letra de los primeros años era distinta, pertenecía a su padre. En él Chris Hayden relataba el suceso en que había perdido la vida su esposa. Con el tiempo, Lou había sucedido a su padre y era ella quien relataba los acontecimientos que habían tenido lugar en su familia y en la librería desde su pérdida. Dejé de leer. Ignoraba cuánto tiempo había pasado, pero cogí el diario y salí de aquel sótano. Para asegurarme de que no se me caía ninguna de las cartas del interior, metí el diario en una bolsa de papel que encontré en uno de los cajones. Al regresar al despacho del piso superior, encendí de nuevo la luz y giré la llave de la lámpara de queroseno hasta que se extinguió la llama. Volví a colocar en su sitio la lámpara, la alfombra y cualquier otra cosa que hubiera podido cambiar de sitio y me fui con la caja a mi piso de la Rue Neuve des Mathurins.    

«La Librería Hayden —según relataba el diario— era una pequeña librería de viejo, situada entre la Rue du Pont y la Acera del Correo, ésta última recibía su nombre por estar situado en ella el servicio postal. Era la zona de mayor afluencia y la parte de atrás, por el contrario, era un lugar poco transitado, donde uno apenas encontraba algunos establecimientos comerciales y donde se reunían, de forma habitual las mujeres que venían del Mercado, los funcionarios municipales que salían a tomar el café y algún que otro transeúnte despistado. Nunca entraban en la librería, sólo los días de lluvia que, por suerte para los Hayden, eran muchos. El motivo de esa reticencia a entrar se debía a que a pocos metros de la librería, al final de la calle, se levantaban los grandes almacenes Aubriot Nouvelle, antiguo convento de Saint Jean-Briet ahora en manos de la familia Du Pont, reformado y convertido en un negocio pujante. Más adelante se hallaba un paraje conocido como Sitio de Briet cuyos terrenos pertenecían desde tiempo inmemorial, y como no podía ser de otro modo, a la familia Du Pont la cual construyó en ellos sencillas viviendas a principios del siglo XIX. El abuelo de Lou alquiló por aquel entonces un ático en la que sería finalmente la casa de la familia Hayden. Salvo los sábados y domingos, los Hayden apenas pasaban tiempo en su hogar. Los días de ambos transcurrían en la librería llenándose de responsabilidades cuyas horas no alcanzaban para satisfacer las tareas a las que se encomendaban, así que había de ocupar también las tardes, apurándolas lo más que podían.»

»Por aquel entonces, mis días se esfumaban como el hilillo de humo de una vela recién apagada —comentaba Lou en una de las cartas guardadas entre las páginas del diario—. Por supuesto mi padre no tenía culpa de nada. Se ocupó de mí y de la librería él solo, cuando mi madre falleció. Mi abuelo trabajó muy duro para poner a su nombre el negocio familiar y en recuerdo a él había colgada una foto en la entrada este, frente al mostrador, sobre el diminuto escaparate. Se encontraba sentado en un pupitre del aula donde impartía sus clases, con un libro entre las manos, mirando con timidez a la cámara. El aula de la fotografía era una enorme sala de nuestra propia casa donde mi abuelo había colocado una pizarra y conseguido meter siete pupitres destartalados que un maestro de escuela había cambiado por otros nuevos, dejando estos tirados en la calle a la espera de que alguien los rescatara. Al final del largo pasillo, en la última habitación de la casa, mi abuelo y ahora mi padre impartían sus clases. Aunque he de reconocer que alguna vez también se impartían en el despacho que tenían en la librería.  

A esta misma calle vino a vivir el empresario tabaquero Adrián Mallo, padre de Salvador Mallo, nuestro mejor cliente. Hombre estudiado y culto, se relacionaba habitualmente con los hermanos Bernard, los Du Pont y otros personajes relevantes de la cultura y la economía de nuestra ciudad. Químico y farmacéutico, era, además un gran lector. Su biblioteca particular era enorme y contenía obras de incalculable valor: primeras ediciones y algún que otro incunable.

Mi padre y él se hicieron muy amigos a raíz de un suceso extraordinario: la galerna del Miércoles de Tiniebla. Sucedió frente a la costa de Saint Nanteau de Mer, tragándose a cincuenta y seis pescadores de la zona y a algunas otras personas que se encontraban por los alrededores aquella tarde. Mi padre salvó la vida del señor Mallo al encontrarlo tirado en un soportal, víctima del pánico, y llevarlo a su casa. Esto, que supuso una gran tragedia para toda la ciudad, especialmente para los barrios de pescadores, trajo la prosperidad a nuestro negocio.

Frente al escaparate que daba a la parte trasera de la tienda, circulaban atareados los transeúntes, a pocos metros de la carretera. Por una estrecha acera que impedía a la gente detenerse demasiado tiempo para observar los libros que se exponían en el escaparate.

Cada mañana, al abrir la librería, se metía en su despacho y se sentaba en la silla detrás de la mesa con la puerta casi siempre abierta, oteando la calle. Me enviaba a mí al mostrador, que se encontraba en la zona de delante, la transitada Acera del Correo de Elvian, junto a los grandes almacenes y, haciendo caso omiso a cualquier ruido de tráfico o de clientes que llegara de la Rue du Pont, reflexionaba sobre las ventas del día anterior, leía la prensa o preparaba la clase de inglés que daba cada tarde, de seis a siete, para familias pudientes. Anotaba todo siempre con un lápiz y, en cuanto terminaba de realizar sus tareas, se ponía de pie frente a la ventana, se quitaba las gafas, las limpiaba con una guata antes de colocárselas de nuevo y cerraba. Esto ocurría hacia las dos, luego volvía a abrir a las cinco de la tarde.

Lo cierto es que el anciano Mallo nunca se detuvo a pensar qué representaba en la vida de mi padre esta pequeña librería que la mayoría de los transeúntes tenía a bien visitar sólo cuando los grandes almacenes Aubriot Nouvelle, con su variada gama de colores en el papel de regalo y los escaparates más impresionantes de toda la ciudad, les quedaban a desmano o sus precios les impedían conseguir los artículos que deseaban. Esto no tenía ninguna importancia para aquellos clientes ocasionales que abrían la puerta con total ausencia de modales. A nadie, salvo a mi padre y a mí, interesaba lo que ella significaba… Mientras los almacenes AN veían ensanchar sus calles peatonales tan llenas de vida, próximas a su negocio, nuestra pequeña librería permanecía escondida en un discreto segundo plano, tras unas insignificantes puertecillas.

Aún así, a mí me fascinaba. La cubierta de cada libro, el tacto de todas sus hojas o ese ejemplar cuyo recuerdo conseguía activar en la memoria sucesos casi vividos gracias a la lectura. A través de las portadas y de sus títulos el eco de un mensaje escondido renacía en mí como un encantamiento haciendo que me sumergiera en un libro y luego en otro y otro más: narraciones románticas, enrevesadas historias de terror, intrépidas aventuras de viajes, cantos a la libertad, a la viada, a la naturaleza...  Conocer las novedades también me apasionaba, aunque no así ayudar a mi padre a colocarlas en sus correspondientes estanterías, recorriendo uno a uno todos los pasillos y cargando con pesados libros, largas listas, algunos catálogos.

Pero detengamos nuestra vista un momento en ese rincón y, más concretamente, en esa mesa llena de papeles que hacía las veces de escritorio, situada en el despacho de mi padre. Bajo la misma, amontonados en dos pilas, se hallaban numerosos periódicos. La pila más pequeña sobresalía de una caja de cartón en la que podía leerse: CASOS LITERARIOS. Mi padre tenía por afición coleccionar todas las noticias literarias que reseñaban los periódicos y revistas de la época y guardaba varios libros con maravillosos recortes a cada cual más curioso. Si, para mí la librería era mucho más que un simple negocio…                                     

(Firmado) LOUISE

III

 

No conseguía dormirme, así que me incorporé con lentitud y salí de la habitación con sigilo para no despertar a Juliette. Me apetecía tomar un poco el aire. Por fortuna había dejado abierto el balcón de la sala. Saqué una silla y un cigarro del paquete. Me senté y contemplé la Luna. Estaba en cuarto creciente, pero brillaba como si supiera que estaría llena antes de terminar la semana siguiente. Cerré los ojos. Aquella maldita carta lo cambiaba todo...

 

Carta de 8 de septiembre de 1967

 

«Me llamo Louise Hayden y he hallado una pequeña nota en la agenda del señor Mallo que me ha desvelado el peor de los horrores que alguien puede descubrir en su vida, la identidad de quien mató a mi madre» —escribía Lou en su carta—. Esas fueron las palabras exactas con las que comenzó su venganza, aquel particular ajuste de cuentas con el anciano Mallo.

»He investigado por mi cuenta y he averiguado que el verano de 1912 Adrian Mallo, un español emigrado a Cuba, regresó a España e instaló una pequeña empresa tabaquera que le proporcionaría amplios ingresos. Su familia se convertiría en una de las más acaudaladas de la ciudad y su mujer (no he podido dar con el nombre) dio a luz a dos hijos: Salvador y Bárbara. Salvador Mallo es químico de profesión y farmacéutico. Su padre le legó la empresa tabaquera, pero Salvador invirtió todo su dinero en la industria farmacéutica. Abrió una cadena de farmacias en la ciudad y trabajó como químico en la Rhône-Poulenc, junto a Jean-René Fourtou. Bárbara, su hermana, es profesora de piano y se casó con un abogado cubano llamado Aldo Somoza. El hijo de ambos, Eloy Mallo es profesor de piano. Dicen que odia a su padre, quien ha fallecido hace un par de años, y que por ello ha adoptado el apellido de su madre a la muerte de aquél. Aunque está prometido con Marta Ros, una profesora de danza clásica, se rumorea en la ciudad que a él no le gustan sólo o especialmente las mujeres.

En lo que respecta a mi propia familia, en el invierno de 1921 [nos trasladamos a la ciudad de Liverpool en el condado de Merseyside, al Noroeste de Inglaterra para ver coger un barco a mi abuelo] Don Hayden llegó a Bilbao en un Ferry y, cruzando la frontera, se instaló en Elvian, una pequeña localidad costera al norte de Hendaye (Francia) a la que todos aquí conocen bajo el sobrenombre de Sambier. En esta ciudad conoció a Victoria Le Brun (mi abuela) con quien tuvo un único hijo: Christian (mi padre). Mi abuela era enfermera, aunque no había ejercido de ello y se dedicaba a ayudar a mi abuelo con la librería, a los trabajos de la casa, a cuidar de mi padre cuando nació y a escribir, que era lo que de verdad le gustaba. Mi abuelo, que había montado una pequeña librería, era profesor de inglés y había trabajado también como contable en algunas ocasiones. Mi padre, Chris Hayden es profesor de lengua y literatura. Él fue quien me relató todo lo que sé sobre el mito de la 13.ª Titánide, llamada Dione.

Si alguien se pregunta qué importancia tiene esto con el resto de averiguaciones que he hecho, ha de saber que de aquí surgió Nicte, mi editorial. Resulta que entre los personajes de la Eneida de Virgilio, una de las obras preferidas de mi padre, se halla un personaje llamado Caronte, el barquero del Hades, una deidad que guía las sombras errantes de los difuntos de una orilla a otra del río Aqueronte. Esta deidad nació de la unión de Érebo y la Noche (Nyx). Cuenta Hesíodo en su Teogonía que Hades, junto a sus hermanos, Zeus y Poseidón, vencieron a las Titánides, que eran doce, y así lograron hacerse con el poder de los dioses mayores, recibiendo las armas de los tres Cíclopes: el casco que hacía invisible a quien lo llevara, el trueno y el tridente, respectivamente. Pero mi padre me contó que existía aún una decimotercera Titánide, llamada Dione, que era la hija del último Titán, a quien Hades perdonó la vida a cambio de quedarse con ella. El último Titán aceptó y de la unión de Hades y Dione nació Hesdaye. Caronte conoció a Hesdaye en el inframundo una noche, después de la gran tormenta que se llevó a muchos héroes y hombres. Se unió Caronte a Hesdaye aquella noche y tuvieron a Nicte, de quien nada se sabe, salvo que recibió su nombre en honor a Nyx, la que nació del Caos.    

 

LOUISE

 

Carta de 11 de septiembre de 1967

 

Mi madre, Rebeca, era oficiala de un taller de costura. Murió en la galerna del Miércoles de Tiniebla, cerca del embarcadero, frente a la costa de Saint Nanteau de Mer, junto a pescadores de la zona y otras personas que tuvieron la mala suerte de encontrarse por los alrededores aquella tarde. Mi padre salió a buscarla al ver que no regresaba y la noche se echaba encima, pero no la encontró. A quien sí halló fue al anciano Mallo, que por aquel entonces no era un anciano, aunque sí bastante mayor, y le salvó la vida. Mientras toda la ciudad lloraba las pérdidas, ese maldito viejo escondía en uno de sus cajones la prueba de su delito.

Lo descubrí el día que mi padre me envió a casa de los Mallo. El ruido de varios motores al pasar cerca de la casa y el sonido de la música así como algunas voces lejanas de viandantes curiosos que merodeaban por los alrededores, advertían de que la fiesta en casa de los Mallo se hallaba en pleno apogeo. Se celebraba la pedida de mano de Marta Ros por parte de Eloy Mallo, sobrino del anciano. La prometida no debía de tener más de veinte años. Su voz, he de decir, revelaba una personalidad infantil y un carácter débil, caprichoso. 

Mi padre me había pedido que llevara a casa de la familia Mallo dos libros porque el anciano, que cada primero de mes se pasaba por la librería y encargaba varios que fueran de su parecer, se había olvidado o no había podido pasarse a recogerlos aquel viernes. Bárbara Mallo, la hermana del anciano, abrió la puerta del recibidor y me invitó a recorrer sola el pasillo que llevaba a la biblioteca. —Disculpa, Louise. Han venido los padres de Marta y tengo parecer complaciente y muy entusiasmada. ¿Sabrás llegar, verdad? Es al fondo, no tiene pérdida. Lo siento, de veras. Gracias por tomarte tantas molestias, a Salvador le agradará saber que los has traído tú personalmente. —concluyó con una amable sonrisa, como si fuese del todo común que una desconocida deambulase por su casa como si tal cosa. Al fin y al cabo, su hermano era el único que mantenía algún tipo de relación con los Hayden y se me hizo extraño que no fuera en su busca para que yo pudiera darle en persona los libros. ¡Me permitió entrar sola en la valiosa biblioteca de su familia!. Desde luego, la señora Mallo no era una mujer demasiado prudente.

Entré en aquella sala. Una moqueta color granate cubría el suelo y unos soportes de  descomunales dimensiones sostenían las innumerables estanterías de aquella extraordinaria biblioteca: estantes que albergaban cientos de libros, alcanzaban el techo a una altura aproximada de cinco metros y objetos antiguos, propios de navegantes y estudiosos de la astronomía adornaban el espacio. Tal vez mi primera impresión fuera algo desmesurada. 

Posé en el escritorio los libros que portaba y observé una estilográfica que sobresalía de una agenda forrada en piel de cuero negro. No pude contener mi curiosidad y rodeando la mesa la abrí con cuidado, apartando con delicadeza las hojas. Entonces todo ocurrió muy deprisa: leí aquel pedido a la floristería que coincidía con el fatídico día, la galerna del Miércoles de Tiniebla, cuyo aniversario sería dentro de tres días y escuché un ruido en el pasillo que me asustó. Rindiéndome a un impulso, retrocedí, ocultándome, cual ladrón, detrás de la cortina. No sé por qué lo hice, supongo que en ese momento temía que me descubrieran curioseando en las cosas del anciano. Se abrió la puerta. El anciano Mallo vestía de traje y llevaba una copa en la mano. Se acercó a la ventana ignorando mi presencia. Aguanté la respiración un instante. El anciano se dirigió hacia su escritorio de caoba, apoyó la copa sobre un papel en blanco y abrió un cajón de la parte inferior izquierda. Sacó un pañuelo azul. Era de gasa bordado con rosas blancas. Acercándolo a la nariz, lo olió intensamente. No podía ser cierto, no, sólo se parecía…

La nota de la agenda no era otra cosa que un recordatorio a una floristería para entregar una rosa, tintada de azul marino, cada 13 de septiembre. Esta entrega, como comprobé más tarde, al contrastar otras agendas del viejo, se repetía con regularidad cada año y, en principio, no parecía importante. El padre de Louise, Chris Hayden, le había salvado la vida al anciano aquella fatídica tarde, cuando la galerna del Miércoles de Tiniebla devoró a su mujer, Rebeca. Quizá el anciano  pretendía compensar así el lamentable suceso que dio como resultado la condena a muerte de una y la salvación del otro. No fue sino al continuar leyendo el diario de Nicte, cuando descubrí el verdadero motivo. Como si estuviera avisando del hallazgo de una cartera en un parque, con la frialdad propia de quien ya no siente ni padece, característica de una mente enferma, psicótica, Louise narraba con precisión el instante de su descubrimiento con todo detalle.

 

LOUISE

IV

 

El estante inferior de la izquierda, el más próximo a la mesa, servía al librero de pequeño almacén para sus recortes de [prensa] periódico. Revisaba y recortaba cada noticia

A medida que (...) y, conforme pasaba el tiempo, el papel se iba deteriorando, adquiriendo una tonalidad amarillenta a la par que sus letras se desdibujaban sin remedio.

Origami [lagartija] Ella descubre el libro de origami dos días después bajo una de las estanterías del segundo pasillo, mientras limpia y coloca los libros de la parte baja. Le regala a Biguri su figura de papel.

El estante inferior era el más molesto, pues le obligaba a agacharse y a doblar las rodillas.

La historia del descampado, las lagartijas, las víboras de Seoane. La ciruela en la que se inocula el veneno que ella aplicará con un pincel en las hojas que poseen el índice.

El veneno… le proporcionó en pequeñas dosis suministradas... ocasionó su muerte...

 

V

 

Como espacio comunal, el Parque de Sambier, al que todo el mundo conocía por el sobrenombre de Jardín de los gorriones, era, sin duda alguna, el lugar de mayor tránsito de la ciudad. Todo el mundo, de hecho, reconocía la ciudad como Sambier y no como Elvian. Algún día le cambiarían el nombre: calles peatonales... llenas de vida,

De frente, una  gran cristalera con ventanas que se alzaban  y en su parte inferior una larga repisa rebosante de plantas de lado a lado.  Una nevera y una mesa de madera con cuatro sillas vestidas, aparecían a la vista pero no contemplé ninguna biblioteca, cosa que me extrañó, pues sabía que Biguri era un gran lector.

Apenas tuve tiempo de contestar a aquella mujer. Con gesto airado, me cerró la puerta en las narices. Lo hizo con tal brusquedad que el sonido del teléfono del despacho apenas se escuchó. 

—¡Por todos los demonios! ¡A veces pienso que estas personas no se han detenido a leer el cartel de la entrada y entran sólo a refugiarse de la lluvia! —vociferó mi socio desde su escritorio descolgando el teléfono y colgándolo después, sin contestar—.

Las notas que el detective había tomado acerca del caso Nicte seguían en el cajón de su escritorio…


Isaac Astiz

Sambier, a 21 de diciembre de 1987

 

EPÍLOGO

 

Medianoche. Es la hora. Tengo que marcharme de esta habitación antes de que a Arland se le ocurra enviar a alguno de sus sicarios. Todo es posible. Al fin y al cabo, ha resultado muy fácil convencerle y él ha accedido demasiado rápido a mis deseos. Esto no puede terminar bien. La estación de Pellot queda a veinte minutos de aquí y, aparte del bolso y el periódico, poco más he de subir a ese tren. La puerta ha chirriado un poco al cerrarla, ¿se habrá oído en el descansillo?, ¿quizá en las habitaciones más cercanas?, ¿y abajo, en el portal? No, no se ha escuchado lo suficientemente alto. He de calmarme. He llegado hasta aquí. Lo he hecho bien, no tengo tiempo para esto. Si he podido ahorcar al anciano, puedo salir de aquí sin que me tiemblen las rodillas. Maldita sea, la madera de los escalones no deja de crujir bajo mis pies, con cada paso. Tengo que salir, tengo que salir… No, esta no ha sido una buena idea. Si me encuentran los hombres de Arland… Quizá estén ahí abajo, esperándome. Piensa, Françoise, piensa... Cualquier ruido puede alertar de mi presencia. He de retroceder, toda precaución es poca. Voy a descalzarme. En la obscuridad del corredor no me verá nadie. El bolso no es muy grande. A ver así… Bien, han entrado. Hay una ventana al fondo, da al callejón. No sé, voy a ver. He tenido suerte. Abre con facilidad, pero hay casi tres metros de altura hasta alcanzar la calle y está llena de charcos. Lo mire, como lo mire, me romperé una pierna. Si me asomo, alguien podría estar observando el edificio, entre las sombras. La única farola que alumbra el callejón no ilumina lo suficiente. Podría haber alguien ahí abajo. ¿Qué hago, qué hago…? Desde aquí no veo nada a lo que sujetarme. Saltar sería una estupidez y ya he llenado el cupo estos dos últimos minutos. Piensa, Françoise, piensa… ¡Mierda! No hay otra, tengo que volver y bajar por las escaleras.

Con el revólver en una mano y el bolso en la otra, bajo los escalones uno a uno. Noto el pulso en el cuello, sube, se detiene en las sienes, golpeándolas. No puedo escuchar nada más, sólo mi corazón desbordándose. Por favor, que no haya nadie, nadie… Se oye algún que otro sonido, apenas perceptible, proveniente de las habitaciones. Llego al rellano del primer piso. Todo parece en orden. Sólo unos escalones más y estaré fuera. Once, doce, trece… No se ve a nadie en la calle. Saco los zapatos y, con ellos en la mano, guardo el revólver dentro del bolso. Corro hasta la avenida principal, sin mirar atrás. Por favor, que no haya nadie ahí atrás. Tengo que llegar, tengo que llegar... He llegado. Noto el corazón desbocado, galopante, tratando de salírseme del pecho. Me calzo como puedo y bajo la avenida despacio, intentando fingir serenidad. Estamos en diciembre, pero siento cómo me arden las mejillas. Algunas personas rezagadas deambulan aún por la calle. Nadie me sigue. No puedo creer que lo haya conseguido.

Me despertó un caballero de mediana edad en el vagón, visiblemente apurado. El tren había llegado a su destino. París, por fin en casa. Había pasado casi toda la noche en vela, seguramente me había quedado dormida hacía apenas una hora. Di las gracias a mi amable compañero de viaje, quien carraspeó y las aceptó profundamente incómodo. Recogí el abrigo, me coloqué la camisa y estiré un poco mi falda antes de bajar del tren. Una vez en la calle, arrojé a una papelera el paquete de tabaco vacío que llevaba en el bolsillo y me resguardé bajo un toldo, a la entrada de una cafetería. Me abroché  lo mejor que pude el abrigo y encendí mi último cigarro. La cerilla prendió un instante y se consumió, fugaz, en lo que yo aspiraba el humo de mi cigarro. Apenas le había dado una calada, cuando hube de tirarlo y correr hacia la parada de taxis para refugiarme en un soportal. El dueño de la cafetería reprendía a uno de sus camareros por no haber recogido el toldo. Llovía con fuerza. La calle sollozaba casi desierta. Los coches, al pasar sobre los charcos, salpicaban las aceras y esperé a que escampara para coger un taxi. Las palabras de los transeúntes llegaban hasta mí como las de unos actores en la sala de un cine, lejanas y con el artificio propio de un guión perfectamente elaborado: llamadas de atención a los peatones que con sus paraguas invadían el interior de la acera, risas entrecortadas, silbidos, carreras para escapar de un diluvio que ya no estaba ahí afuera...

Me metí en un taxi, sin pensar, y rompí a llorar en su interior como si el cielo necesitara de más conductos para descargar su angustia. El conductor no sabía qué decir, el hombre, que en un primer momento me había increpado, cerró la puerta sin pronunciar palabra alguna. Antes de que el taxista preguntase, le di mi dirección, haciendo enormes esfuerzos por contener mi llanto. El coche se puso en marcha. Me alejé un poco de la puerta y, al mirar hacia el asiento del copiloto, observé que había en él un periódico doblado. Se lo pedí prestado. El conductor, sin el menor atisbo de recelo, me lo alcanzó y siguió su ruta. Eché un vistazo a la imagen de portada e inmediatamente después leí el titular que rezaba: NICTE EDICIONES CAMBIA DE MANOS. Debajo, el subtítulo decía: «Los herederos de Arland, esposa e hijo, se asocian con una joven empresaria y le ceden el control de la editorial tras la dramática muerte de su fundador». —¿Fundador? ¡Este Arland es un maldito usurpador, al igual que lo fue su padre! —pensé.  Aparecía una gran fotografía del hijo de Philippe Arland saliendo del despacho de su abogado con el siguiente pie: «Joseph Arland, piloto de aviación de la compañía aérea Air Provence, afirma que se siente aliviado con la decisión tomada y que la señorita Ros, actual copropietaria de la empresa y a cargo de la dirección de la misma desde esta mañana, mantendrá vivos los principios y valores por los que se rigió su padre, ofreciendo a los lectores los mejores artículos culturales, de ayer y de hoy, con la pasión que su juventud le confiere». La imagen mostraba a un joven sonriente a pesar de la noticia, como si de verdad lo creyera, como si le hubiesen quitado un gran peso de encima. El resto del artículo no me mencionaba más.

Ese Arland era todo un personaje. Ajeno e indiferente a todo cuanto acontecía a su familia tras el dramático episodio vivido, se presentaba ante los medios, optimista y confiado, sin derramar una lágrima por la muerte del viejo que, por otra parte, le había traicionado con su confesión. Cada maldito detalle de la historia familiar, incluyendo la apropiación de la editorial por parte de su padre, figuraba en la copia del manuscrito que yo le había enviado. Semejante escándalo le habría hundido. A él, sólo a él. La empresa no le importaba, era sólo una fuente de ingresos más, un negocio del que seguiría beneficiándose. Así que él sonreía, como si el destino le tuviera reservado un final casi homérico. Sí, era igual que su padre y no le costaría demasiado rehacer su vida. A decir verdad, ésta no parecía haber sufrido el mínimo desarreglo.

Nicte Ediciones, S.L., la editorial fundada por Louise Hayden en 1968 —cedida a Arland más por lealtad, por ese apego del anciano Hayden a los principios y valores de la familia, que por la lucrativa oferta que aquél le hizo apenas unas semanas después del fallecimiento de su hija—, acababa de pasar a mis manos. No había tardado ni una mañana en arreglar los papeles para hacer efectivo mi nombramiento como nueva presidenta de la compañía. Una vez más se ponía de relieve la eficiencia de los Arland.

 

El sobre llevaba ya una semana en el buzón de mi apartamento. Así lo indicaba el sello que la oficina de correos había estampado en la esquina superior del mismo. Antes de salir a la calle, tropecé con la señora Dumoulin que regresaba de hacer unos recados y que se sorprendió un poco de verme allí.

—Buenos días, señora Dumoulin.

—Buenos días, Françoise. ¡Qué alegría verla por aquí otra vez! ¿Cómo le va en su nuevo trabajo?, ¿ya ha encontrado usted un nuevo piso? ¡Oh, perdóneme, le estoy entreteniendo y seguramente tenga usted otras cosas que hacer que hablar conmigo!

—Al contrario, señora Dumoulin. Le agradezco mucho su interés. Mi trabajo en Lyon es estupendo. Todo ha salido bien, me han contratado como secretaria en la empresa de publicidad de la que le hablé. Estoy muy contenta, pues, como usted recordará, era muy importante para mí conseguir ese puesto para poder alimentar a mis pobres sobrinos... He pasado a comprobar si tenía algo de correspondencia en el buzón y voilà!, me he encontrado con esto —dije, levantando un poco el sobre, cuidando de no mostrar su procedencia ni quién lo remitía.   

El ascensor se había estropeado de nuevo —me explicó—  y, como su marido estaba impedido, era ella quien se encargaba de realizar las tareas e ir a los recados.

Con él bajo el brazo, me dirigí a El cielo de París,  tenía despacho, di las instrucciones necesarias para que se llevara a cabo una pequeña pero necesaria reducción de personal y me tomé el resto del día libre para resolver un último asunto: visitar a mi madre.

—Buenos días, usted debe de ser Margot, la nueva empleada ¿está la señora Ros en casa?

—Sí, señora. ¿Quiere que le avise?

—No, no se moleste. Me está esperando.

—¡Oiga! ¿A dónde va? No puede entrar. Salga o llamaré a...

—¡Françoise!

—Hola, mamá. Margot y yo acabamos de conocernos. Es estupenda, me ha reconocido antes de que pudiera presentarme y...

—Estoy seguro de ello —atajó Jean de Lainè, el viejo profesor de piano, amigo de mi madre—.  

Sonreí. Mi madre y él llevaban juntos toda una vida. Era para mí como un padre: cariñoso, atento y, sobre todo, una autoridad en lo referente a la resolución de misterios. Me había enseñado todo cuanto sabía; no obstante, ambos ignoraban mi plan. Un plan que había sido un éxito y que el viejo Arland, el gran detective de homicidios, no había descubierto hasta que su vaso se le resbaló de las manos y comprendió que ya no despertaría más, que yo había vertido algo en el whisky ¿somníferos?, ¿un veneno? Ni siquiera supo si se trataba de un fraude  o si realmente yo era— como le había hecho creer— la hija que Hayden le había ocultado durante todos estos años. Estaba tan enamorado de Louise Hayden, tan ciego, tan dispuesto a creer que no se percató del enorme parecido existente entre mi padre y yo. Él lo conoció en persona, como todos los habitantes de Elvian, y miró su imagen en repetidas ocasiones después del accidente de Louise. Era, de hecho, mi mayor temor… que me reconociera. Pero no hizo caso a los detalles —¡eran cientos!— que me delataban. Nada importaba ya para él, sino recuperar a su hija perdida y salvar su alma. La confesión fue para él una suerte de redención. Lo reconciliaba con Louise, con él mismo y conmigo, con su hija regresada que sólo quería saber. Nunca sospechó que ocultaba una grabadora en mi bolso. Nada supo de mis trascripciones y no le causó demasiada preocupación tener que escribir, de su puño y letra, una carta que llevaría su firma, alegando ser el padre de Brigitte Hayden. Me senté en el sofá. Por fin habíamos recuperado lo que, por derecho, nos pertenecía. Que mi abuelo hubiera legado parte de sus bienes a esa Hayden, para tratar de acallar su conciencia, sólo había sido un error que los Mallo, muy diligentemente, habíamos subsanado. Me incorporé y fui hacia el aparador. Me serví un vaso de vodka, apenas un sorbo, y contemplé su densidad al trasluz, mientras barajaba un sinfín de nombres con los que destacar el nuevo sello editorial que relanzaría a principios de año. A no mucho tardar, también renovaría el nombre designado a la propia casa editorial. Nicte, demasiado obscuro para la Ciudad de la Luz.