Nueva Historia, de Zósimo

ZÓSIMO. Nueva Historia. Gredos (Col. Biblioteca Clásica, n.º 174), Madrid, 1992. 560 pp. Zósimo, historiador griego de finales del siglo V d.C., compuso una historia el Imperio Romano desde Augusto hasta el 410 d.C., año en que el visigodo Alarico saqueó la capital. La obra, escrita en griego y dividida en cuatro libros, tiene como tesis central que el declive del Imperio se debió al abandono de las tradiciones patrias y las divinidades paganas. La Nueva Historia está dedicada en sus capítulos iniciales a Grecia y la Roma republicana, para centrarse a continuación en la Roma Imperial. Trata sobre todo del declive del Imperio, por lo que el propio autor se contrapone a Polibio, que narró su esplendor.
La concepción pagana y providencialista de la historia lleva a Zósimo a sostener como tesis central que Roma entró en decadencia a causa del abandono de las tradiciones y las divinidades propias.
Zósimo fue un cronista griego de finales del siglo V d.C., oriundo de Κωνσταντινούπολης nombre histórico de Constantinopla (la actual ciudad de Estambul), situada a ambos lados del Estrecho del Bósforo en Turquía, y que fue capital de distintos imperios a lo largo de la historia: del Imperio romano (330-395), del Imperio romano de Oriente o Imperio bizantino (395-1204 y 1261-1453), del Imperio latino (1204-1261) y del Imperio otomano (1453-1922), que empezó con la Caída de Constantinopla y terminó con la ocupación de la misma. La escasa información sobre este autor sólo nos permite mencionar que probablemente nació y vivió en la mencionada ciudad hacia la segunda mitad del siglo V, teniendo seguramente una formación retórica y actuando como funcionario defendiendo los bienes estatales en los tribunales de la ciudad. Por supuesto, identificado con la “ideología” de la aristocracia tradicional romana (vid. Paschoud, F, Roma aeterna, Neuchatel 1967).  

Existe una parte interesantísima en el Libro II de Zósimo, en la que éste dividió su Nueva Historia en dos partes claramente diferenciadas para lograr ofrecer la imagen de un Constantino “pagano” hasta el 326; la primera positiva referida a un emperador virtuoso y la segunda negativa, posterior a su conversión y basada en ésta. Así como en la primera resalta sus dotes militares, en la segunda señala sus vicios, fundamentalmente la molicie, la crueldad y el “nepotismo”.
Con tales hechos en la conciencia, además de violaciones de juramentos, se dirige a los sacerdotes, de quienes reclama purificación de sus faltas. Y cuando le dicen que no conocen remedio alguno que pueda purificar de semejantes atrocidades, un egipcio que, llegado a Roma de Iberia, se había convertido en persona familiar para las mujeres de palacio, aseguró en presencia de Constantino que la doctrina de los cristianos suprimía cualquier yerro y aportaba el mensaje según el cual los impíos que tomaban parte en ella quedaban al instante purificados de cualquier falta. Constantino, recibiendo con la mayor complacencia semejantes palabras, abandonó las creencias ancestrales para acogerse a lo que le proponía el egipcio; y dio inicio a su impiedad entrando en desconfianza de la adivinación
Zósimo, Nueva Historia, II, 29, 3-5. Madrid, Gredos, 1992, p. 208
Alejado de la guerra y entregado a una vida de molicie se dedicó a realizar repartos de comida entre el pueblo de Bizancio, repartos de los que éste ha continuado beneficiándose hasta hoy día. Gastó los recursos estatales en numerosos edificios carentes de utilidad que, a causa de las prisas, no resultaron sólidos y se desmoronaron poco después
Zósimo. Nueva Historia. II, 32. Madrid, Gredos, 1992, p. 214 
Otro interesante pasaje dentro de la Nueva Historia de Zósimo lo hallamos en el Libro IV referido a la noticia dictada (y probablemente falsa), contenida en las ultimas lineas del capitulo 27 y siguientes.
Tal fue el punto al que la desidia del Emperador y su irracional ansia de riquezas llevo todas las cosas y tanta prodigalidad introdujo en la mesa imperial que, como consecuencia de la cantidad de platos y de los gastos motivados por estos, se constituyeron nutridas guarniciones de cocineros, escanciadores y demás, que si se quisieran contar harían necesaria una larga lista.
Zósimo. Nueva Historia. IV, 28, 1-2. Madrid, Gredos, 1992, p.  363